El moco

“Darkness cannot drive out darkness: only light can do that. Hate cannot drive out hate: only love can do that.”

― Martin Luther King Jr.

Minirelato para el Escribitón de Thals
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No recordaba exactamente cuándo había empezado todo. Tal vez hacía una semana, tal vez hacía un día. Tal vez hacía un año, aunque esperaba que no. Lo cierto era que su traicionera mente le escondía los recuerdos que más necesitaba, así que su desconocimiento era tan grande o más que su nerviosismo al intentar mover el agua del estanque y… fallar. Una vez más.
Suspirando sonoramente, dio la espalda a todo lo que le recordaba su nuevo fracaso, y se sentó desmadejadamente encima del frío mármol que rodeaba el agua. Escondió la cara entre las manos y dio rienda suelta a sus más fatídicos pensamientos.
¿Y si nunca más era capaz de controlar el agua?
¿Y si nunca más era capaz de hacer cualquier tipo de malabarismo mágico, como le gustaba llamarlo?
¿Y si perdía todo lo que había conseguido?
¿Y si?
Sin dejar de hundirse en su miseria, Iara se estrujó casi literalmente los sesos para sacar alguna respuesta a todo aquello.
Su historia, era consciente de ello, era asquerosamente lineal y asquerosamente idílica: hija única de un matrimonio de políticos bien aposentados desde hacía más de veinte años y con un historial intachable, había tenido facilidades para tener de todo y, encima, ella misma era hábil en todo lo que se valuaba desde la última guerra, en la que se descubrió a la gente como ella y por la cual ganaron: podía hacer magia. Técnicamente solo podía manipular el agua, el viento, la tierra y el fuego, y juntando varios de ellos crear algo parecido a la magia, pero esa explicación no era la que la gente quería oír, así que nunca lo expresaba en voz alta. La magia existía, y ella había sido de las mejores desde que su mente recordaba. Porque eso sí lo recordaba. Luego pasó y algo y… ahí estaba. Fallando en lo más básico.
Sin reprimir un gruñido, se giró con rabia y, a falta de magia, dió un puñetazo al agua. Inmediatamente aparecieron las ondas que hasta entonces había sido capaz de crear sin tocarla, y todo el líquido ejecutó su movimiento que tantas veces la había hipnotizado, lamiéndole el bajo de la camiseta y mojándose toda la mano, que había quedado completamente sumergida tras ese estallido de rabia. No apartó la mirada hasta que todo volvió a estar quieto: no porque esperase nada, sino porque había perdido todas las fuerzas. Ni siquiera podía suspirar, y no era por falta de ganas.
Llevaba días así. Primero, tristeza, luego una frustración que daba paso a la rabia, que terminaba en apatía para, al cabo de unas horas, abrir la puerta a la tristeza. Llevaba mucho repitiendo ése patrón, día tras día. Pero, ¿cuándo había empezado?
Aun con los ojos fijos en el agua, notó como algo se interponía entre ella y el sol. Se giró perezosamente y con el ceño fruncido, y se encontró con una cara a escasos centímetros de la suya. Con un respingo, se echó atrás, sumergiendo sin ninguna elegancia las dos manos en el estanque.

Joder, Leo. gruñó, notando como los pequeños peces que habitaban el pequeño círculo de agua le besaban la piel.
¿Con esa boca besas a tu madre? inquirió el chico, sentándose a su lado sin perder la sonrisa.
No beso a mi madre.
Es una frase hecha.
Es una mierda.
¿Sabes que es una mierda? La pose que tienes ahora mismo. Se te van a cargar los hombros, y por si no lo recuerdas ya no eres tan joven.
Tengo veintiún años. ¡Como tu!le gritó, fingiendo más indignación de lo necesaria y sacando las manos del agua para salpicarle al señalarle. No pudo evitar sonreír.
¿Y? Yo ya noto la edad. Ya no solo tengo arrugas de expresión, sino arrugas de verdad-verdad. Mira. volvió a acercar la cara a la suya y se apartó el pequeño mechón que se había descolgado de su melena despeinada y cobriza.
No veo nada.
Ya te falla la visión. se enjugó una lágrima imaginaria y le apoyó la mano encima de la de Iara, que la apartó al instante.
Pero no me falta fuerza para darte un puñetazo.
La violencia no es la solución, hija de políticos pacifistas que están dando tan buen ejemplo a la parte más belicosa de nuestra sociedad.
Vale. levantó las manos en señal de rendición. Tú ganas, yo pierdo. No puedo más con tu verborrea.
Adoras mi verborrea.
Adoro el vino, y ¿sabes? a veces también tengo que dejar de beber. sonrió de lado y golpeó amistosamente su hombro con el de Leo.
Qué hacías, por cierto.

Iara le miró con los labios entreabiertos y un sinfín de confesiones. Porque, orgullosa y cabezota, no había confesado a nadie su pequeño percance. Todo iba bien, a ojos de los demás. Tal vez estaba un poco más tirante, tal vez desaparecía más, pero a fin de cuentas seguía siendo ella: sin problemas, con la vida solucionada y un futuro brillante ante si.
No podía destruir su imagen. No podía mostrar debilidad. No podía no ser Ella, ni siquiera delante de su mejor amigo.

Nada.
¿Sabes que has tardado a responder como treinta segundos y la gente que realmente no hace nada ni siquiera responde a esa pregunta? Iara arqueó una ceja y ladeó la cabeza.- Vale. No hacías nada, lo pillo.
¿Qué haces tú aquí?

Leo sonrió antes de responder, probablemente todo ello en menos de un segundo.

Nada.

Iara le miró, frunciendo el ceño otra vez. A veces odiaba tener al lado a alguien tan despreocupado. Tan libre. Tan feliz. Y tan idiota como para no preocuparse de nada. Ni siquiera se peinaba por las mañanas, lo que era francamente irritante para ella, que tenía el pelo negro e indomable con el que tenía que pelearse cada vez que quería fingir que tenía las hermosas ondas de su madre o de cualquier modelo de revista, en vez de su pelo sin forma y pegado a la cabeza.
Ella, que tenía cada paso preparado y muchos ojos pendiente de ella, que no podía dar un paso en falso y que en ese mismo instante estaba siendo un fraude para ella y para todos, debía ver cada día a alguien como él, hecho de desastre y de… Luz. Porque lo cierto era que apenas le había visto fracasar, y cuando eso sucedía, encontraba algo positivo que era completamente invisible a los ojos de Iara hasta que él lo señalaba; porque hacía amigos a puñados y cuando entraba en cualquier sitio la gente le miraba con curiosidad, no para ver si tropezaba; porque ella siempre había sentido un peso en el pecho que había tratado de plasmar en varios arrebatos artísticos como una bola negra, y esa bola negra solo parecía hacerse más pequeña cuando Leo se acercaba a ella con su estupidez, su libertad y su naturalidad.

Sé lo que pretendes y no voy a caer.

Iara parpadeó varias veces para volver a la realidad.

¿Qué?
Llevabas diez minutos en silencio mirándome la nariz.
No llevo diez minutos en silencio.
Así que niegas el tiempo pero no haberme estado mirando.- canturreó Leo, meneando un dedo delante de Iara.
No te he estado mirando la nariz. bufó, apartándole el dedo.
Eso es lo que diría alguien que ha estado mirándome la nariz diez minutos porque sabe que tengo un moco y no me lo quiere decir…
Qué coñ…
O quiere que piense que es así.

Iara le miró, incrédula. Leo le devolvió la mirada, entrecerrando los ojos.

Alguien está perdiendo la cabeza, y no soy yo. respondió Iara, al fin, levantándose lentamente para apartarse de su demente amigo.

Con un alarde de velocidad, Leo se levantó antes que ella y, cogiéndole la cara con las dos manos, frotó su afilada nariz contra la ligeramente puntiaguda de Iara. Intentó zafarse de su agarre mientras notaba como un calor que había aparecido en su pecho subía hasta sus cara, pero solo consiguió que Leo le estrujase las mejillas y le pusiera la boca como si fuese un pez.

¡Beso de gnomo mocoso! anunció Leo, aun sin soltarla.
Eres idiota.
Y tu una mala amiga por no decirme que tengo un moco.
¡No tienes nada!
¡Ahora es tarde!
¡Nunca es tarde!
¡Ahá!

Al fin la soltó, pero solo para darle un capirotazo en la frente y dedicarle una de sus sonrisas de “yo tengo razón y tu no”. No supo muy bien a qué se debía, así que se frotó el sitio donde había recibido la tan gratuita agresión y se sentó, gesto que imitó su amigo sin perder la sonrisa. Pensó en volver a sumergir la mano en el estanque para mojarle toda la cara. Y cuál fue su sorpresa que, mientras lo pensaba, un globo de agua se desprendió de la masa líquida e impacto en la cara de Leo, quién, superada la sorpresa, empezó a reírse mientras intentaba evacuar el agua que le había entrado por la nariz.

¡¿Has visto eso!? no pudo evitar gritar sin ocultar su alivio y alegría.
Sí, claro que lo he visto. He fracasado con el mierda beso de gnomo y no te he pegado el moco a ti.

Le dio un manotazo en el hombro por idiota, y le abrazó por lo mismo.

Eres idiota.
Y tu una tía muy rara.

Un sueño

“You need to spend time crawling alone through shadows to truly appreciate what it is to stand in the sun.”

― Shaun Hick

Minirelato para el Escribitón de Thals
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La luna la encontró aún a horas de su destinación final, una triste taberna en un triste pueblo de mala muerte que no hubiese visitado nunca. Probablemente. Lo cierto es que estaba prejuzgando un poco. Tal vez no eran tristes, eran diferente a lo que había estado acostumbrada los últimos meses, eso era todo. Diferentes y con un atractivo sólo perceptible para esas personas sensibles y educadas en el arte, como era su caso, aunque no lo pareciera.
Barberianna, con su casi metro ochenta, tenía pinta de tipa dura, especialmente cuando salía de viaje, que, para sorpresa de quienes conocían su noble procedencia, era bastante a menudo. En esas ocasiones, se enfundaba un armadura que tapaba a la perfección sus curvas de mujer y la protegía de espadas, hachas, jabalinas, flechas y cualquier cosa arrojada a ella. También de la lluvia, en gran medida, y del sol. Pero no del calor, más bien lo aumentaba, y con él también llegaba el sudor, algo que odiaba tanto en su piel como en la de los demás. A pesar de llevar años viajando con lo menos posible (a su parecer), lo que incluía también pocos aseos, no soportaba esa sensación de quedarse pegada consigo misma. En ocasiones muy necesarias, había pagado una fortuna para poder darse un buen baño. O, bueno: una fortuna para la posada que había tenido la suerte de encontrarse en su camino. Hacía años que no tenía la riqueza que debería haber poseído teniendo en cuenta su clase social y el apellido de su familia, pero aun así era mucho más rica que la mayoría de pobres infelices que se cruzaban en su camino.
No, no parecía una persona dada a las artes, pero lo era. Todo su ser interior, el que no mostraba fácilmente pero se le escapaba en los momentos más peliagudos, estaba ahí. Disfrutaba de la buena música, de una comida preparada con ingredientes exquisitos y de procedencia vegetal, pues no llegaba bien la muerte de los animales, de sentarse con una buena copa de vino delante de un cuadro y quedarse mirándolo largamente, absorbiendo cada trazo y cada matiz, o incluso el material de la tela o el olor del barniz. Era capaz de todo eso y más. Pero aun quedaba mucho camino por recorrer para poder hacerlo libremente y delante de todo el mundo. Aun tenía que llevar el disfraz de Barberianna La Guerrera que mantenía a hombres a distancia y criaturas bajo sus pies, antes de poder mostrar a Barberianna, la que quería ayudar a los mendigos que pululaban por los caminos o las calles más oscuras de las ciudades, o a aquellas razas más mal vistas y maltratadas por los humanos.
Paciencia, se recordó. Tendría tiempo para lanzar el hacha a un tronco, por diversión. Pero en esos instantes necesitaba paciencia.

Se pasó la mano distraídamente por su larga melena leonina y del color de fuego. Aunque ya no hacía calor y se había lavado la cara en un riachuelo próximo, el pelo se le pegaba en la frente y el flequillo, demasiado largo, le impedía ver bien lo que había delante. Y era de vital necesidad que viese bien. Se estaba adentrando en el bosque. Si sus cálculos no le fallaban, era un pequeño atajo que le acercaría a su destino mucho más rápido que el camino central. Pero eso significaba estar a merced de animales salvajes (no le preocupaban, pero no quería hacerles daño), bandidos (tampoco le preocupaban y sin lugar a dudas quería hacerles daño), y trasgos. Esos últimos eran su principal preocupación, pues eran rápidos y se movían en grandes multitudes, y no sabía si sería capaz de hacerles frente ella sola. Teniendo en cuenta la importancia de su misión, debía serlo.
Sus verdes ojos se entrecerraron para ver mejor y, sin dejar de avanzar, recorrieron atenta la espesura del bosque. Todo parecía correcto, pero en la vida había aprendido que, cuando todo parece ir bien, es muy probable que esté yendo completamente mal.
Como esa fatídica noche en la que lo perdió todo.
Suspiró y se reprendió internamente por hacerlo. No era momento de hacer ruido, y mucho menos de ponerse a pensar en lo que, a pesar de ni siquiera recordarlo, había sido la peor noche de su vida. Se lo habían contado tantas veces que era capaz de visualizarlo todo con detalle: las casas ardiendo, la gente muriendo, las flechas surcando el suelo y estrellándose en carne y piedra, sin descanso. Gritos de mujeres protegiendo lo que era suyo, aullidos de hombres muriendo, llantos de niños que de repente eran huérfanos, y gruñidos de animales intentando sobrevivir en una guerra en la que habían sido arrastrados por culpa de humanos y criaturas aún más despreciables.
En esa noche que apenas recordaba, lo perdió casi todo. En esos días que lo siguieron, y que tampoco recordaba, lo pasó mal y estuvo al borde de la muerte: ella, junto a los criados de sus padres y tal vez los pocos caballos que les ayudaron a escapar. Todo el mundo estaba exhausto y herido. Triste y rabioso. Y, sobre todo, vacíos.
Después de aquello nada fue igual. Se recuperaron, alzaron un poco la cabeza e intentaron seguir adelante ignorando todo ese sufrimiento y pérdida que habían llevado a cuestas a su nuevo hogar. Parecía que lo habían depositado todo en la pequeña Barberianna que, con apenas cinco años, poseía unos recuerdos falsos muy vivaces y una ira más grande que su legado.

Un crujido a su derecha la hizo volver al presente. Agudizó el oído todo lo que le permitían sus oídos humanos, que no eran mucho. Por suerte, parecía que su desconocida compañía tampoco era muy sutil. Por desgracia, eso apuntaba claramente a los trasgos, criaturas más bien idiotas y torpes, pero perseverantes.
Cuando creyó escuchar más pasos y más susurros a su derecha, cogió con agilidad una de sus jabalinas y la tiró hacía ahí, esperando (y a la vez no) que fuesen tantos como para darle a uno.
Acertó.

¡Sucia humana!

Eso pareció dar el grito de alarma, al que siguió una lluvia considerable de flechas dirigidas con mayor o mayor certeza a ella. Intentó esquivarlas rodando a un lado y cubriéndose la cabeza, su parte más expuesta en aquellos momentos, con los brazos. Surgió efecto y apenas recibió un rasguño. A la mañana siguiente era probable que tuviese algún que otro moratón en sitios donde no sabía que podía tenerlos, pero eso era nada comparado a desangrarse tristemente en un bosque, sin que nadie sepa donde estás, por unos trasgos y sin haber logrado el gran objetivo de tu vida.
Se levantó cuan alta era y sonrió desdeñosamente, blandiendo el hacha y atacando sin piedad a los estúpidos trasgos que se habían acercado sin ningún tipo de prudencia ni sentido de la supervivencia.
No seguiría el camino de su familia. No iba a volver a caer. No iba a permanecer con la cabeza agachada, con medio pie en la mugre y el otro apoyado temerosamente sobre una bolsa de oro. Se alzaría delante de todo el mundo y, con su querida hacha al lado, se sentaría en ese trono tan merecido para gobernar lo que hoy tan solo era un montón de salvajes pero que, gracias a ella, terminaría siendo el orgullo del pueblo humano.
No iba a caer ahí, en medio de sucios trasgos mal organizados. Les iba a destrozar el cráneo a todos con tanta rapidez que aún le quedaría tiempo para bañarse en el río para presentarse como era debido a sus nuevos compañeros de viaje.