“You need to spend time crawling alone through shadows to truly appreciate what it is to stand in the sun.”
― Shaun Hick
Minirelato para el Escribitón de Thals
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La luna la encontró aún a horas de su destinación final, una triste taberna en un triste pueblo de mala muerte que no hubiese visitado nunca. Probablemente. Lo cierto es que estaba prejuzgando un poco. Tal vez no eran tristes, eran diferente a lo que había estado acostumbrada los últimos meses, eso era todo. Diferentes y con un atractivo sólo perceptible para esas personas sensibles y educadas en el arte, como era su caso, aunque no lo pareciera.
Barberianna, con su casi metro ochenta, tenía pinta de tipa dura, especialmente cuando salía de viaje, que, para sorpresa de quienes conocían su noble procedencia, era bastante a menudo. En esas ocasiones, se enfundaba un armadura que tapaba a la perfección sus curvas de mujer y la protegía de espadas, hachas, jabalinas, flechas y cualquier cosa arrojada a ella. También de la lluvia, en gran medida, y del sol. Pero no del calor, más bien lo aumentaba, y con él también llegaba el sudor, algo que odiaba tanto en su piel como en la de los demás. A pesar de llevar años viajando con lo menos posible (a su parecer), lo que incluía también pocos aseos, no soportaba esa sensación de quedarse pegada consigo misma. En ocasiones muy necesarias, había pagado una fortuna para poder darse un buen baño. O, bueno: una fortuna para la posada que había tenido la suerte de encontrarse en su camino. Hacía años que no tenía la riqueza que debería haber poseído teniendo en cuenta su clase social y el apellido de su familia, pero aun así era mucho más rica que la mayoría de pobres infelices que se cruzaban en su camino.
No, no parecía una persona dada a las artes, pero lo era. Todo su ser interior, el que no mostraba fácilmente pero se le escapaba en los momentos más peliagudos, estaba ahí. Disfrutaba de la buena música, de una comida preparada con ingredientes exquisitos y de procedencia vegetal, pues no llegaba bien la muerte de los animales, de sentarse con una buena copa de vino delante de un cuadro y quedarse mirándolo largamente, absorbiendo cada trazo y cada matiz, o incluso el material de la tela o el olor del barniz. Era capaz de todo eso y más. Pero aun quedaba mucho camino por recorrer para poder hacerlo libremente y delante de todo el mundo. Aun tenía que llevar el disfraz de Barberianna La Guerrera que mantenía a hombres a distancia y criaturas bajo sus pies, antes de poder mostrar a Barberianna, la que quería ayudar a los mendigos que pululaban por los caminos o las calles más oscuras de las ciudades, o a aquellas razas más mal vistas y maltratadas por los humanos.
Paciencia, se recordó. Tendría tiempo para lanzar el hacha a un tronco, por diversión. Pero en esos instantes necesitaba paciencia.
Se pasó la mano distraídamente por su larga melena leonina y del color de fuego. Aunque ya no hacía calor y se había lavado la cara en un riachuelo próximo, el pelo se le pegaba en la frente y el flequillo, demasiado largo, le impedía ver bien lo que había delante. Y era de vital necesidad que viese bien. Se estaba adentrando en el bosque. Si sus cálculos no le fallaban, era un pequeño atajo que le acercaría a su destino mucho más rápido que el camino central. Pero eso significaba estar a merced de animales salvajes (no le preocupaban, pero no quería hacerles daño), bandidos (tampoco le preocupaban y sin lugar a dudas quería hacerles daño), y trasgos. Esos últimos eran su principal preocupación, pues eran rápidos y se movían en grandes multitudes, y no sabía si sería capaz de hacerles frente ella sola. Teniendo en cuenta la importancia de su misión, debía serlo.
Sus verdes ojos se entrecerraron para ver mejor y, sin dejar de avanzar, recorrieron atenta la espesura del bosque. Todo parecía correcto, pero en la vida había aprendido que, cuando todo parece ir bien, es muy probable que esté yendo completamente mal.
Como esa fatídica noche en la que lo perdió todo.
Suspiró y se reprendió internamente por hacerlo. No era momento de hacer ruido, y mucho menos de ponerse a pensar en lo que, a pesar de ni siquiera recordarlo, había sido la peor noche de su vida. Se lo habían contado tantas veces que era capaz de visualizarlo todo con detalle: las casas ardiendo, la gente muriendo, las flechas surcando el suelo y estrellándose en carne y piedra, sin descanso. Gritos de mujeres protegiendo lo que era suyo, aullidos de hombres muriendo, llantos de niños que de repente eran huérfanos, y gruñidos de animales intentando sobrevivir en una guerra en la que habían sido arrastrados por culpa de humanos y criaturas aún más despreciables.
En esa noche que apenas recordaba, lo perdió casi todo. En esos días que lo siguieron, y que tampoco recordaba, lo pasó mal y estuvo al borde de la muerte: ella, junto a los criados de sus padres y tal vez los pocos caballos que les ayudaron a escapar. Todo el mundo estaba exhausto y herido. Triste y rabioso. Y, sobre todo, vacíos.
Después de aquello nada fue igual. Se recuperaron, alzaron un poco la cabeza e intentaron seguir adelante ignorando todo ese sufrimiento y pérdida que habían llevado a cuestas a su nuevo hogar. Parecía que lo habían depositado todo en la pequeña Barberianna que, con apenas cinco años, poseía unos recuerdos falsos muy vivaces y una ira más grande que su legado.
Un crujido a su derecha la hizo volver al presente. Agudizó el oído todo lo que le permitían sus oídos humanos, que no eran mucho. Por suerte, parecía que su desconocida compañía tampoco era muy sutil. Por desgracia, eso apuntaba claramente a los trasgos, criaturas más bien idiotas y torpes, pero perseverantes.
Cuando creyó escuchar más pasos y más susurros a su derecha, cogió con agilidad una de sus jabalinas y la tiró hacía ahí, esperando (y a la vez no) que fuesen tantos como para darle a uno.
Acertó.
—¡Sucia humana!
Eso pareció dar el grito de alarma, al que siguió una lluvia considerable de flechas dirigidas con mayor o mayor certeza a ella. Intentó esquivarlas rodando a un lado y cubriéndose la cabeza, su parte más expuesta en aquellos momentos, con los brazos. Surgió efecto y apenas recibió un rasguño. A la mañana siguiente era probable que tuviese algún que otro moratón en sitios donde no sabía que podía tenerlos, pero eso era nada comparado a desangrarse tristemente en un bosque, sin que nadie sepa donde estás, por unos trasgos y sin haber logrado el gran objetivo de tu vida.
Se levantó cuan alta era y sonrió desdeñosamente, blandiendo el hacha y atacando sin piedad a los estúpidos trasgos que se habían acercado sin ningún tipo de prudencia ni sentido de la supervivencia.
No seguiría el camino de su familia. No iba a volver a caer. No iba a permanecer con la cabeza agachada, con medio pie en la mugre y el otro apoyado temerosamente sobre una bolsa de oro. Se alzaría delante de todo el mundo y, con su querida hacha al lado, se sentaría en ese trono tan merecido para gobernar lo que hoy tan solo era un montón de salvajes pero que, gracias a ella, terminaría siendo el orgullo del pueblo humano.
No iba a caer ahí, en medio de sucios trasgos mal organizados. Les iba a destrozar el cráneo a todos con tanta rapidez que aún le quedaría tiempo para bañarse en el río para presentarse como era debido a sus nuevos compañeros de viaje.