
Minirelato para el Escribitón de Thals
**************
Hacía horas que estaban tirados en la playa, un hecho ciertamente poco planeado: reunión en el bar como cada sábado, perder la cuenta de las cervezas y terminar bañándose en el mar porque no tenían ganas de volver a casa. Por eso no tenían nada para poder protegerse el culo de la arena que se les pegaba cada vez más mientras intentaban secarse, tarea un poco difícil porque no contaban con la ayuda del sol, aunque sí de la luna. Marina lo agradecía, o eso creía cuando las muchas cervezas de más la dejaban pensar con claridad. Se habían quitado la ropa para darse un chapuzón nocturno sin pensar que la ropa interior tienda a transparentar. O no. Pero Marina estaba segura de que su culotte blanco estaba transparentando todo lo transparentable, y prefería la oscuridad. Aunque teniendo en cuenta que a su lado estaba Marc, no tenía mucha importancia. Él, también en ropa interior (o tal vez no porque no había mirado y ya no tenía ánimo para hacerlo), soltaba gruñiditos de borracho que intenta dormir pero el mundo da demasiadas vueltas para lograrlo.
Se removió para estirarse de lado y mirar directamente a su amigo. Eso implicaba terminar rebozada como una croqueta y perder toda esperanza de llegar a casa sin arrastrar media playa consigo, pero a ella también le daba vueltas el mundo y tal vez así estuviese mejor. También quería ver a Marc, pero eso no era tan importante. No, no quería verle. Quería molestarle. Eso era. Estaba segura de que era el deber de todo amigo borracho hacerlo.
Aguantándose muy mal la risa, estiró el brazo hasta que uno de sus dedos rozó las estúpidamente largas pestañas de su amigo. No solo tenía los ojos verdes, sino que tenía más pestañas que ella, algunas rubias. Súper bonitas, pero súper odiosas. Así que las atacó dándole toquecitos hasta que Marc le apartó la mano patosamente y abrió los ojos, acción bastante peligrosa teniendo en cuenta su estado, bastante ebrio. Por suerte no perdió el ojo en el proceso, ni ninguna pestaña fue dañada en aquel experimento de borrachos.
Sus miradas se encontraron y se quedaron así. Marc cerró un ojo para enfocarla mejor. Marina se rio y le dio un golpe amistoso en el brazo, aunque resultó ser su estómago. Se rio aún más al escuchar la suave protesta de su colega de aventuras.
No sabía cómo habían terminado ahí. No “ahí”, en la playa, sino ahí, siendo ellos, juntos y amigos. Teniendo en cuenta que la primera frase que escuchó al pisar por primera vez el pueblo fue que se mantuviese alejada de él y de toda su familia, era sorprendente como poco. Solía hacer caso de las advertencias.
Hacía casi tres años que había empezado su nueva vida en aquel pueblo costero del que ni siquiera sabía el nombre antes de buscarlo en Google Maps. Previamente, también en Google, había hecho la búsqueda de “Top 10 pueblos costeros tranquilos Catalunya”, y en la posición número cuatro estaba ese. A sus ojos todos le habían parecido bastante igual, a juzgar por las fotos, pero ese era diferente porque estaba en cuarto lugar, y el cuatro era su número favorito. Demostrando que siempre había que tener en cuenta motivos de peso para decidir las cosas, había tardado tres horas en organizarlo todo, ya que tuvo que llamar a unos colegas que trabajaban en pueblos durante el verano, a ver si conocían al que se dirigía y podían conseguirle una entrevista, y un mes en irse en bus hacia allí; quería cambiar de vida, pero la vida no iba a cambiar por ella y tenía muchos trámites que dejar listos antes de poder darle la espalda a Barcelona y abrazar su nueva y tan buscada idílica tranquilidad, a poder ser con trabajo para no tener que volver a vender su alma al peor postor.
Cuando se bajó del bus, cargada con dos maletas con ruedas que no funcionaban, buscó a su nueva casera, una señora de sesenta años que le había alquilado por bastante menos precio del que esperaba de un apartamento en un pueblo junto al mar y, por ende, turístico. Al parecer, el efecto Barcelona aún no había llegado ahí, o tal vez era temporada baja. O tal vez aún existían buenas personas. Sabía que no había sido suerte; eso se le había acabado hacía mucho.
Cuando la encontró, sujetando un din A4 con su nombre escrito en rotulador rojo y un poco seco, resultó que no era una abuelita como había pensado, sino más bien una mujer que conservaba una figura esbelta, vestía mejor que ella y olía a rosas, como mínimo. Ni rastro de delantal, moño o barriguita de la felicidad. Se sintió incómoda al instante, y no tenía ninguna duda de que por fuera también era apreciable. Con gesto mecánico, alargó la mano como toda presentación, soltando una maleta al hacerlo y notando como se deslizaba lenta e inexorablemente hasta el suelo.
La señora no se andó con rodeos.
—No te acerques a los Costa. Bienvenida. Sígueme.
Marina tardó unos segundos en procesar la frase, porque estaba segura de que ese no era el orden correcto: primero se saludaba, luego se daba la orden y, después, lo que fuese eso de los Costa. En su mente era una compañía pesquera que sumergía cocaína entre las redes de pesca y todo el pueblo estaba asustado de ellos y sus trapicheos. No eran trigo limpio, daban miedo y había que avisar a los que venían de fuera. Pero Marina tenía claro que primero se saludaba.
—¿Vale? — respondió, alargando la e.
—Como ves es un pueblo pequeño, con las calles construidas sin ton ni son. En febrero no hay mucha gente, como notarás. Los meses altos son los de verano, también como supongo que te imaginabas. La casa está cerca. Es pequeña. Para cualquier cosa cuenta con tus vecinos. Es un poco tarde para presentarte, pero mañana ya vendrán a decirte algo. Somos gente amistosa— sonrió arrugando la nariz.— Dejaremos tus cosas ahí y te llevaré hasta el bar.
—¿Cómo?— Marina frecuentaba los bares, varias veces a la semana, pero no era consciente de llevarlo escrito en la frente.
—Sé que tienes una entrevista. Conozco al propietario del bar. Todos nos conocemos, aquí.— volvió a regalarle una de esas sonrisas torcidas y arrugadas. No sabía si era su manera de sonreír o su manera de escupir en todo en silencio. Tampoco sabía si le gustaba.
Rosa, que irónicamente es como se llamaba esa señora que literalmente olía a su nombre, no le mintió cuando dijo que la casa era pequeña. Tampoco hacía falta, lo había visto en las fotos: pequeña, un tanto vieja pero con encanto, si lo mirabas con los ojos adecuados, que era lo que estaba haciendo en esos entonces Marina, y lo que había hecho al decidirse por ella. También había ayudado que no habían muchas otras opciones en el pueblo.
Dejó sus trastos, cogió la llave que le tendía Rosa sin poder evitar fijarse en lo fina que tenía la mano y lo perfectamente arregladas que llevaba las uñas, y la siguió otra vez en silencio mientras ella parloteaba de datos y más datos de aquel remanso de paz. El olor a mar le llegaba cada vez que el viento soplaba en su dirección, y a pesar de ser febrero, la temperatura estaba bien. Lo cierto es que estaba tan a gusto que podían haberle estado hablando de mierdas, literalmente, y no le hubiese importado. Tampoco es que le importase en circunstancias normales.
El bar también estaba cerca, como suponía que también debía estarlo la tienda donde iba a comprar la comida, la farmacia, el banco y cualquier cosa que estuviese dentro de la comunidad. Lo que no esperaba es que tuviese una terraza tan grande y tan ocupada. Marina se había acostumbrado a grandes aglomeraciones de gente al vivir en Barcelona, pero no quería tener que acostumbrarse también ahí.
La entrevista de trabajo fue aun más escasa que la presentación con Rosa. El jefe se llamaba Jose, la iba a contratar porque le habían hablado bien de ella y porque en ese pueblo de viejos poco iba a encontrar, del sueldo hablarían más tarde y que ese iba a ser su día de prueba. En otras condiciones, Marina no lo hubiese aceptado, pero estaba intentando dejar el estrés y sus ganas de pelear atrás por unos días, así que… aceptó. Se puso un pequeño delantal negro con un bolsillo, cogió la pequeña tablet donde tendría que apuntar los pedidos, con una increíblemente larga explicación de treinta minutos, y salió a tomar nota a una voz masculina que llevaba gritando el nombre de “Jose” más tiempo del políticamente correcto. Por su parte, Rosa se sentó en la barra y pidió un gintonic directamente a Jose, que sirvió dos y se sentó a hablar.
Dio gracias a sus años de experiencia como camarera, y doble gracias a sus padres por haber decidido montar un bar y joderse tanto su vida como la de su hija gran parte de sus veintisiete años, y levantó la vista para encontrar al vocero. Al parecer, no solo pegaba gritos, también sabía menear los brazos. O le estaba dando un ataque.
Poniendo su mejor cara, se dirigió hacia ahí sin dejar de ser consciente que todos los ojos estaban puestos en ella. Una cara desconocida en un pueblo era más interesante que un ovni, estaba segura.
—Hola, vosotros diréis.— se anunció, sacando la tablet a la vez que su pose más formal. El chico se quedó mirándola con las cejas arqueadas, sin pedir nada. Incómoda otra vez, cambió el peso de un pie al otro y observó el resto de la mesa, que la observaban igual.
—¿Quién eres?
—¿Eres nueva?
—De por aquí seguro que no es.
Guardó silencio, sin dejar de sonreír, rezando para que eso no fuese un no sutil intento de ligar, a la vez que pensaba mil frases políticamente correctas para responder y no quedar como una borde que no iba a ganar una propina en su vida.
Lo que le hizo preguntarse si en un pueblo tan pequeño se daba propina.
—Marina.—empezó, señalando con la mano libre al chico que lo había preguntado.— Sí— prosiguió, señalando al otro.—Y sí que no.— concluyó. Anticipándose al siguiente movimiento, señaló al primer chico con el que había entablado conversación, al menos por su parte, esperando la siguiente pregunta.
—Marc Costa. Estos son mis hermanos.
Marina ladeó la cabeza y dejó de escucharle. Si eso era un Costa, no entendía la advertencia de la vecina. Debía rondar su misma edad. Cabello de un color rubio cenizo, pómulos marcados, sombra de barba, una cicatriz en el labio inferior, nariz recta, ojos verdes y las pestañas más largas que había visto en un chico en su vida. Tal vez incluso más largas que muchas chicas. Tal vez más largas que las suyas, lo que hacía que le cayese un poco mal, pero sabía que ella las tenía más tupidas y negras, lo que suponía que igualaba el asunto. En cualquier caso, era un chico normal, fuese lo que fuese “normal”. No parecía un maleante, ni un toxicómano, ni un traficante, ni… nada. Un tío normal.
Recordó la historia que se había montado ella sola y se le escapó la risa por debajo de la nariz, y por la mirada que le hecho el tal Costa y el resto de la mesa, supo que no había sido ni apropiado ni educado. Carraspeó, incómoda.
—Perdón. ¿Decías?
—Nada.— el tal Marc sonrió como si no hubiese pasado nada, por lo que Marina decidió que, efectivamente, no había pasado nada.— ¿Es tu primer día?
—Sí.
—¿En el pueblo o aquí?
—Ambas.
—Vale, lo pillo. No se habla cuando hay trabajo. Estrellas para todos.
—¿Cuatro?
—Sí, gracias por tomarnos nota.— Marc sonrió.
—A ti.— Marina le devolvió la sonrisa.
Y había tomado nota. De esas cuatro estrellas que terminaron siendo veinticuatro, y también de no acercarse a los Costa, Marc Costa incluido, por no sabía qué motivo. Al menos al principio. Lo había intentado, perezosamente pero lo había hecho. Hasta que lo dejó de hacer y ahí estaba, con el chico de las pestañas en la playa, medio en pelotas y riéndose en su cara mientras le hacía cosquillas o lo intentaba, porque Marc no tenía cosquillas. Siguió intentándolo como siempre terminaba haciendo cuando bebía demasiado y le daba la risa floja, hasta que se cansó y dejó olvidada su mano en el pecho del chico, que no hizo ningún movimiento para apartarla.