Hielo

Minirelato para el Escribitón de Thals

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El aire era tan espeso que apenas podía respirar. La niebla que estaba respirando también era la que le impedía distinguir sus pies, en constante contacto con una superficie fría y plana. De hecho, todo a su alrededor era frío, incluido él mismo. Cada vez que se abrazaba para entrar en calor, tenía que dejar de hacerlo al notar un extraño hormigueo ahí donde sus manos tocaban su cuerpo. Era como si él mismo se estuviese congelando.

Pero eso era imposible.

Sus recuerdos, si podía llamarlos así, no eran más que borrones. Las imágenes pasaban por su cabeza y se desvanecían en el pozo sin fondo que era su cerebro, para volver a salir a la superficie unos minutos después, o tal vez horas. O no volvían en absoluto y su eterna sensación de déjà vu era un claro síntoma de locura. Pero no quería adentrarse en ese punto de su existencia, porque si lo hacía iba a tener que plantearse si lo que veía, sentía, olía, pensaba, recordaba o notaba era real, y estaba demasiado aturdido como para sobrevivir a eso. Así que andaba en línea recta.

O eso creía.

Llevaba andando sin cesar desde hacía horas. O no. Tal vez. El dolor de sus pies le indicaba que sí, o tal vez era producto de otra cosa que no alcanzaba a ver por obvias razones. De vez en cuando notaba una capa fría de algo líquido recorriéndole la piel, y había decidido que era sudor. Si es que se podía sudar estando congelado. Había intentado apartársela de la frente, pero la reacción involuntaria que había tenido su ser al ver como una mano negra se acercaba a su rostro le impedía volver a intentarlo. Porque esa mano era suya, pero parecía no recordarse a sí mismo.

¿Era eso posible?

Lo que tenía claro es que debía tener algo claro para poder seguir adelante, así que se centró en pensar que se estaba dirigiendo hacia la saluda. Aunque nada cambiase, aunque cada vez estuviese más débil (o no), aunque cada vez tuviese más frío (o no). Iba a encontrar la salida.

O no.

Era consciente que tanto su mente como su cuerpo habían vagado sin rumbo cuando volvió en sí. No recordaba haberse ido, pero tampoco recordaba haber estado. Estaba mareado y notaba como sus brazos se alargaban hacia el infinito frente, buscando algo que agarrar para no caer. Sus pies estaban empezando a perder la coordinación, y su respiración era lo único que lograba escuchar.

Y, de pronto, tocaron algo.

Su primer instinto fue apartarse, pero parecía que todo él estaba dejando de funcionar porque tan solo notó como se quedaba rígido y caía hacia atrás. Unas manos oscuras salieron de la nada y lo sujetaron por los codos, llevándoselo consigo y manteniéndole a flote. Notó uñas clavándosele en la piel como clavos ardiendo, y ni siquiera fue capaz de gritar o de abrir la boca. Respirar era una hazaña. Exigirle algo más a su cuerpo hubiese sido una locura.

Cuando se estabilizó, apareció un borrón oscuro en la dirección por donde habían aparecido ese par de manos: primero perfiló unos brazos, luego un torso, hombros y, finalmente, un rostro.

Debía estar muy cerca para poder verle tan claramente, pero no sentía miedo. No sabía si era capaz de sentir algo. Apenas pensaba. O tal vez pensaba demasiado y por eso no era capaz de seguir una línea de pensamiento claro. Pero ese rostro le sirvió de punto de referencia, así que lo miró sin apenas pestañear. Tenía la nariz ancha, los labios carnosos y una incipiente perilla. El pelo apenas le había empezado a crecer y ya mostraba señales de querer rizarse hasta puntos insospechables. Sus ojos, grandes y enmarcados con unas pestañas apenas visibles, no dejaban de observarle. Le pareció ver esperanza en ellos, pero luego solo volvió a ver una mirada desconocida. A fin de cuentas, ¿qué sabía el acerca de la esperanza?

¿Qué sabía nadie?

El hombre, mucho más alto que él, se agachó, cerró los ojos y le ofreció su rostro. Le pareció estúpido durante apenas un segundo. Después, la sensación de haber vivido eso mismo muchas veces se apoderó de él y su cuerpo tomó las riendas. Alargó las manos hacia su rostro e imitó el gesto con su cabeza. En el momento en que sus frentes se rozaron, una paz le invadió todo el cuerpo. Dejó de ser consciente de si estaba de pie o cayendo, y el paisaje a su alrededor se desdibujó todavía más. Sabía que estaba consciente y no se había movido porque aun notaba las suaves mejillas del hombre en contacto con las palmas de sus manos, más frías de lo que había imaginado en contraste al calor que desprendía el recién llegado. Notaba como su cuerpo intentaba absorber todo ese calor sin llegar a ser capaz, a la vez que la fuente de calor no disminuía con su contacto. El fuego y el hielo se habían encontrado y ninguno de los dos estaba dejando paso al otro, pero sí a muchas otras cosas.

Imágenes.

Olores.

Sonidos.

Notaba como le pesaba la cabeza, pero también la notaba mucho más ágil que hacía unos minutos, u horas. Algo que no sabía explicar en palabras estaba ordenando toda la información que poseía, a la vez que se llenaba con otra que no le pertenecía. Pero no era una sensación rara. No era violento.

Era reparador.

Ya no se escuchaba respirar. Solo podía escuchar los gritos (desgarradores, inconexos, de felicidad, de dolor, de placer) y ver sin mirar un sinfín de escenas que prefería no ver, que prefería haber vivido, que prefería olvidar para siempre. Celebraciones, peleas, sangre, comida, cuerpos, casas. Paz, alegría, ira, odio, nerviosismo, curiosidad.

No entendía nada, pero no necesitaba hacerlo.

Poco a poco todo se fue calmando, y con ello parecía que la niebla se volvía más translucida. También lentamente se materializó delante de él un rostro femenino, pálido, de mirada ambarina y pestañas naranjas. Se sobreponía encima del rostro de su salvador, aun pegado al suyo, pero a la vez parecía estar muy lejos, mirándole directamente y cambiando constantemente de expresión. Tan pronto su ceño pecoso estaba fruncido, como su pequeña boca de labios notoriamente pintados de granate se abría para sonreírle sin vergüenza, para curvarse en una mueca de asco y profundo enfado que daba paso a una expresión laxa y calmada, con los ojos cerrados y sin expresión alguna.

Tanto los ojos del hombre como de la chica se abrieron a la vez, mezclando ámbar y oscuridad en una única mirada tan diferente y bien compenetrada a la vez. Los labios de la chica empezaron a moverse, mientras los de él permanecían sellados.

—Deja de dar vueltas y concéntrate. Es una vergüenza que alguien como tú tenga el Don. Y tenía que tocarme a mí. Tienes suerte de que me gusten los retos. Eres un afortunado, al estar junto a mí. Yo también quiero serlo, por estar junto a ti. Hagámoslo juntos. Idiota.

Y, tal como había aparecido, desapareció.

La niebla dio paso a unas paredes blancas y a una iluminación que le hacía daño en los ojos. El suelo, de un gris metálico oxidado, le había hecho daño en los pies. Tenía las uñas encarnadas y una desnudez que, de pronto, le avergonzó.

Tapándose con un pudor que no conocía momentos antes, miró a quien había apodado Salvador, que ya no parecía tan dócil ni tan espiritual. Se había apartado de él y le miraba desde su más de metro noventa, con los brazos cruzados encima del pecho desnudo y una sonrisa socarrona.

-—Salgamos de aquí.

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