Silencio

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Minirelato para el Escribitón de Thals
Ambientado en el mismo mundo que El diario

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Su padre siempre se había reído de su incapacidad para soportar el silencio, incapacidad que Natalie negaba. No era que no le gustase el silencio o incluso lo temiera; simplemente no era necesario tener que afrontarlo cuando había tantos sonidos y música en el mundo, y tantos programas y tecnología disponibles para que te acompañasen todo el día.
No, no era incapaz.
Pero resultaba que un poco sí lo era.
Había tenido que fugarse de casa, perder todo contacto con sus seres queridos y su entorno conocido, pasar más de 24 horas sin tener hablar con nadie y que le robaran el móvil para darse cuenta de algo: el silencio era la puerta abierta a todos sus temores y, peor aún, dejaba pasar claramente la voz de su consciencia, que no dejaba de advertirle de peligros fantasma, recordarle ideas nefastas (a la par que vergonzosas) que había tenido y llevado a cabo en sus casi veintiún años, y ser especialmente dañina con toda esa comida basura que se había tragado esas últimas semanas de estrés y que ahora mismo la hacían una presa poco ágil, como mínimo, en un entorno hostil y desconocido. Probablemente más lo segundo que lo primero, pero parecía al revés.
Y todo con un único objetivo en mente: encontrar a un vampiro vivo. O tan vivo como podían estar, que era muy relativo. Había hecho los deberes antes de desaparecer (no tan sigilosamente como hubiese querido). Aprovechando la posición de su padre, que le permitía tener acceso tanto al registro civil de La Torre como de la ciudad a sus pies, había podido saber en qué barrios podía encontrar a qué ser. Y cuál había sido sus sorpresa al saber que, a diferencia de lo que se les explicaba durante toda su vida aislados en ese enorme edificio que se había convertido en una ciudad vertical, la mayor parte de la población que habitaba la más que deficiente ciudad no eran más que humanos. Humanos y unos pocos seres de otras especies que aún no habían conseguido la aprobación para ir a vivir con los de su misma especie en lo que habían empezado siendo barrios de solo un tipo de criatura y habían terminado siendo ciudades independientes, ligeramente distanciadas de La Torre y muy privadas en lo que pasaba en sus calles se refería.
Y por eso se encontraba ahí, en un edificio de cinco plantas, en un barrio con apenas luz en la calle, manchas de grasa por todas partes (y de otras cosa que prefería no pensar), unos edificios sorprendentemente bien conservados, y un silencio que le devolvía el eco de cada uno de sus movimientos. Suyos y de nadie más. O eso quería pensar.
Los archivos de su padre le habían dicho que en ese edificio, en la última planta, habitaba una de las últimas parejas chupa sangre de la ciudad, como se les llamaba comunemnte desde que salieron a la luz (irónicamente). Claro que podía haber intentado ir al epicentro vampiro, pero no podía dejar pasar la oportunidad de acortar su pequeña aventura encontrando lo que buscaba a apenas dos días de distancia de su casa, por peligroso que fuera.
Empezaba a arrepentirse.
Subió las escaleras intentando hacer el menor ruido posible, a la vez que aguzaba el oído para escuchar los posibles sonidos que haría algún ser habitando activamente el edificio. Cuando llegó a su destino sin haber escuchado absolutamente nada en los cuatro plantas anteriores, empezó a pensar que algo iba mal. Encontrarse la puerta del apartamento al que se dirigía abierta y en mal estado no la tranquilizó en absoluto, y mucho menos darse cuenta de que la sombra en el suelo que parecía una maceta caída era, ni más ni menos, una cabeza con los ojos abiertos, mirando directamente sin verla. Y a juzgar por el olor, llevaba varios días así. O horas. O qué sabía ella, no estaba acostumbrada a ver cadáveres.
Un grito empezó a formarse en su garganta, pero sólo logró salir un pequeño gemido, más parecido al ruido de una rata que al de un humano entrando en pánico. Olvidando toda precaución, se dio la vuelta y salió corriendo sin destino aparente. De pronto solo escuchaba su carrera desenfrenada, su respiración y el corazón en sus oídos. Su voz interna la advirtió de que estaba subiendo escaleras, no bajándolas, y que era una de las mayores estupideces que había hecho en su vida. Que morir ahí, sin nadie para identificarla o llorarla un poco era patético, y que, al menos, si se dirigía a la terraza del edificio, les hiciera un favor a todos y se tirase antes de que el asesino de vampiros la encontrase y la tirase él.
Abrió la única puerta que le esperaba al final de las escaleras y siguió corriendo incluso un poco más rápido cuando escuchó que se cerraba a su espalda sin que ella hubiese hecho nada. Corrió sin apenas darse cuenta de lo que la envolvía hasta que una barandilla se clavó en su abdomen y le hizo perder la respiración y el equilibrio. A punto estuvo de precipitarse de verdad al vacío, pero al parecer su instinto de supervivencia estaba medianamente activo y la salvó haciendo que sus piernas empezasen a temblar y no pudiese estar por más tiempo de pie.
Pasaron varias horas hasta de decidir moverse de nuevo y mirar cautamente si alguien le había seguido, aunque en realidad era probable que sólo hubiesen pasado dos minutos y se estuviese girando como una maníaca para ver si alguien la miraba, hacha en mano y sonrisa psicópata. Pero no había nadie. Cuando logró tranquilizarse también se dio cuenta de que el silencio seguía siendo el mismo. Seguía tan sola y perdida como hacía apenas media hora, y no parecía que nadie, a parte de ella, fuese a cambiar esa situación.
Se dejó caer hacia atrás, cansada y mareada, e intentó pensar en las posibilidades que todo eso le había dejado, mientras notaba como el sol se iba escondiendo: por un lado estaba su rotundo fracaso en cuanto a buscadora de vampiros se refería, fracaso que aun no podía siquiera afrontar. Por otro, estaba su pánico a volver a bajar las escaleras e irse del edificio, atravesando las calles que ya le habían dado miedo cuando un poco de luz solar le iluminaba el camino. Y finalmente la tristeza de perder a la persona por la que había empezado esa loca aventura, como le gustaba llamarlo ella para darse un poco de ánimos. La persona que iba perdiendo cada minuto que pasaba. Estaba en sus manos dejar que se muriese pero permaneciese vivo, como una carcasa sin fondo, o dejar que un vampiro le mordiera para que se muriese también, pero sin dejar de ser él. O eso esperaba, a pesar de no haber ningún estudio ni ningún indicio que avalase su teoría. Simplemente tendría que funcionar.
Funcionaría.
Se levantó, animada por su determinación repentina, y se dio la vuelta para afrontar otra vez el sentimiento de claustrofobia que sabía que le invadiría al entrar en el edificio. Se detuvo al dar dos pasos. Escuchaba un ruido por encima de su cabeza. A pesar de la poca luz, vio lo que parecía uno de los helicópteros de reconocimiento y orden que tan bien conocía, pues su padre se encargaba de organizarles y asegurar que sus nóminas llegasen cada principio de mes.
Sonrió, creyéndose salvada, extendió los brazos y empezó a agitarlos de lado a lado. Y después arriba y abajo. Otra vez de lado a lado, hasta quedarse inmóvil de nuevo, con los brazos extendidos.
No había tardado mucho en darse por vencida: era obvio que no la veían, y si lo hacían no iban a tirarle una cuerda y rescatarla de lo que fuese que la afligía, si es que eran capaz de notar eso. Y no lo iban a hacer porque, fuera de contexto, Natalie era una cualquiera, y en esa zona podía ser uno de esos locos de los que siempre la habían avisado, o un vagabundo haciendo estiramientos antes de irse a dormir entre sus cajas colocadas estratégicamente en una azotea, o simplemente nadie. Conocía a gente como la que iba montada en ese helicóptero, y sabía que no iban a hacer absolutamente nada por alguien que no tuviera una acreditación de ser uno de los miles de humanos que vivían en La Torre, y, por desgracia, con esa diferencia de altura no se podía leer nada. De hecho, Natalie no estaba segura de querer sacar su documentación de su escondrijo dentro del zapato. Algo había cambiado en esas últimas horas, y se sentía mal tan solo de pensar en lo privilegiada que había sido hasta entonces sin saberlo. O sin importarte.
Apoyó los codos en la barandilla, derrotada, y dejó vagar su mirada por la calle. Estaba tan ensimismada en si misma que tardó unos segundo en darse cuenta de que alguien le había devuelto la mirada, concretamente dos figuras, una femenina y una masculina: ella, pálida y de ojos grises, la observaba sin parpadear, completamente hierática; él, pelirrojo de pelo alborotado y ojos verdes amistosos, la observaba con la cabeza ligeramente ladeada y una media sonrisa en los labios. Al notar que al fin se había dado cuenta de su presencia, levantó la mano en señal de saludo.
—¿Necesitas ayuda, chica?
Abrió la boca para responderle, pero notó que le faltaba el aire y las palabras se le atragantaban. La cerró, apretó los labios y notó como le escocían los ojos, a la par que empezaba a desdibujarse la imagen delante de ella. Y a pesar de todos los síntomas de estrés y tristeza físicamente perceptibles, la embargó una sensación de alivio y plenitud como nunca antes.
Al fin alguien había roto el silencio de verdad. La habían visto. Volvía a ser alguien.

El diario

Minirelato para el Escribitón de Thals

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La noche la encontró apoyada en su vieja mesa de madera, todo una reliquia para aquellos tiempos. Sentada en un sillón de piel, otra de las reliquias de su ajado apartamento, se estiró para masajearse torpemente la espalda, crujiendo en todo el proceso y no logrando gran alivio. Era el precio a pagar por el paso de los años, precio que estaba completamente dispuesta a apoquinar. Acostumbrada a ver morir gente más joven que vieja, cualquier triunfo al Hombre De La Guadaña era motivo de alegría. Qué importaba un dolor por aquí y una vista cada vez más nublada: podía caminar, comprar, cuidarse sola y leer (siempre y cuando estuviese debajo de un foco potente).

Suspirando, cogió sus gafas para leer, otra reliquia más vieja que cualquier objeto de su casa y probablemente de todo el barrio, y acarició el libro que tenía delante con la yema de los dedos. Ese, a su pesar, no era nada valioso, al igual que otros centenares de libros que habían sido destruidos una vez hicieron la copia electrónica de ellos. El papel y la tinta eran algo considerado extremadamente caduco y común, así que a nadie le había parecido mal la desaparición masiva de tales artículos. O eso había quedado escrito por las grandes autoridades de hacía más de quinientos años.

Lo cierto es que ese libro no era nada especial. De hecho no era tan siquiera un libro publicado, era solo un diario de hacía mucho tiempo, a juzgar por el estado de deterioro y por lo que se contaba en él: ciudades libres, viajes entre continentes, excursiones a la playa, rascacielos que apenas llegaban a la altura de las nubes, y un sinfín de cotidianidades más impensables para ella, nacida en la época de La Paz y La Torre. La época de los materiales fríos y las luces de neón como substituto del sol. La era donde criaturas de todo tipo habían decidido salir de sus agujeros oscuros y presentarse tal y como eran: licántropos, vampiros, sirenas, y todo lo que se había podido imaginar el hombre hasta entonces. Por no hablar de La Plaga.
Se frotó distraídamente los ojos por debajo de las gafas. No creía tener fuerzas para pensar en eso. No quería pensar en toda esa gente que dejaba de ser sin dejar de existir. Toda esa gente usada para…
Un golpe seco en la puerta la sacó de sus pensamientos. SIn poder evitar un gemido al levantarse torpemente (pero un gemido significaba viva. ¡BIenvenidos fueran!), se encaminó arrastrando los pies hasta la puerta, que se había vuelto completamente transparente para ella y le mostraba quién estaba detrás de ella.
No les conocía de nada, pero desde luego no parecían de esa zona. Eran un chico y una chica limpios, jóvenes y con la mirada clara. El chico se apoyaba en un pie y luego en otro, mostrando el típico nerviosismo de alguien que no sabe qué hacer con la energía que tiene acomulada en el cuerpo. Sus ojos verdes iban de la puerta a su compañera, a la par que se amasaba los cortos cabellos pelirrojos en un tic nervioso. En contraposición, la chica era todo estoicismo. Su melena negra enmarcaba una cara pálida de ojos grises que no se había movido un milímetro desde que había aparecido en su campo de visión. Sus ojos, perezosos, echaron un vistazo al lío capital que se estaba haciendo su compañero, para volver a mirar a la puerta sin ningún comentario al respecto.
Eran una pareja curiosa. Y no había nada que le gustase más que las cosas curiosas.
Apretó un botón para abrir la puerta y les sonrió.

—Pasad, pasad.— les animó, moviendo vigorosamente la mano.

El chico tardó un poco en reaccionar, y cuando lo hizo le regaló una sonrisa tímida y de agradecimiento por su hospitalidad. Todo lo contrario que la chica, que apenas le miró y entró sin más ceremonias, como si todo aquello le pareciera normal, sin mostrar sorpresa ante ninguno de sus raros y preciados muebles.

—Y, decidme, ¿qué queríais?- inquirió, moviéndose lentamente por la habitación. El muchacho, solícito, alargó el brazo en señal de ofrecimiento, el cual aceptó encantada.
—Nos han dicho que tal vez tenga algo que nos interese.
—Tengo muchas cosas.- rió por lo bajo.— ¿Algo? ¿Algo como qué?

Con la ayuda del chico llegó al sofá, un tanto polvoriento, que estaba en la pared más alejada de la puerta. Se dejó caer sin gracia, e inclinó la cabeza en señal de agradecimiento al joven. Inconscientemente sus ojos buscaron a la silenciosa muchacha, que lejos de mostrarse más cordial una vez dentro de la casa, se había alejado para explorar la estancia, deteniéndose delante de la mesa, mirando sin apenas pestañear el diario olvidado abierto por una página al azar.
Hojeó el cuaderno, aparentemente distraída, sin pedir permiso. Y, con la misma desfachatez, se sentó con parsimonia en el sillón. Su sillón de piel. Su más querida posesión.
La vieja carraspeó forzosamente, sobresaltando al chico, que parecía haberle estado diciendo algo.

—¿Has visto algo de tu interés, muchacha?

La respuesta se hizo esperar más de lo que le hubiese gustado, más de lo éticamente correcto. Empezaba a ponerse visiblemente de mal humor cuando la chica se giró y la miró con esos ojos sin vida.

—¿Qué hace leyendo mi diario?

Y, por primera vez en años, se le humedecieron los ojos de pura ilusión.