
Minirelato para el Escribitón de Thals
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Morgan nunca había tenido una gran familia; ni grande ni buena. A decir verdad no sabía si se podía considerar família un conjunto de tres personas: una madre distante y fría, con pocas ganas de tratar con la gente en general y con su hija en particular, que amaba a su marido pero lo demostraba en los momentos de la más absoluta intimidad, en los que su Morgan no estaba invitada; un padre que intentaba lograr un mundo mejor y no tenía tiempo de hacer ni de padre ni de esposo, aunque eso último parecía no importarle a nadie, ni siquiera a su propia mujer; y ella, un fenómeno de la naturaleza con muchas ganas de vivir y muy pocas herramientas para hacerlo.
Eso era su familia.
Pero Morgan sabía que era mentira que solo existiese una. Ella sabía que podías tener tantas cuantas pudieses crear. Lo sabía por experiencia.
Le había costado años entablar conversación con alguien, ya que no es fácil socializar a la vez que intentas evitar que todos los pensamientos de esa persona se cuelen entre los tuyos y en dos segundos sepas más de ella que ella misma. Le costó tanto que, cuando lo logró, necesitaba algo tangible para recordar todas las excursiones, todas las charlas importantes (y las que no, también), todos los todos. Tenía un álbum entero dedicado a ello. Su tesoro más preciado se encontraba entre esas páginas, una foto de ella misma y sus 3 mejores amigos. Su otra familia de tres en su primera excursión en solitario por un bosque tranquilo que resultó ser más movido de lo esperado.
Morgan, a un lado, con la chaqueta vaquera que habían encontrado tirada al lado del camino principal, apenas diez minutos de empezar la aventura.
Ellie, junto a ella, con su pelo cortado casi al rape, su piel morena, su constitución fornida y sus entonces fieles e inseparables gafas de topo. Gafas que había partido al caerse de morros tras apartar una branca para que no le diese en la cara y olvidar que en el suelo también existían peligros, como las raíces de los árboles. Se había pasado lo que quedaba de camino, que no era poco, con el brazo alrededor de los hombros de Morgan para poder avanzar a buen ritmo.
Sam, el tímido del grupo, el chico dalmata andrógino y con poca confianza, que se veía arrastrado allá donde iban ellos sin saber muy bien cómo. No estaba previsto que fuese al gran esdevenimiento del bosque, pero por cosas del destino se lo encontraron en el autobús sin blanca para pagar el billete para ir a visitar a su abuela, y se lo habían pagado con la condición de que los acompañase. Ya tendría tiempo para ver a la mujer de su vida. Poco sabía él que terminaría volviendo a la ciudad pasadas las 12, con los zapatos extraviados por una causa mayor (Morgan se los lanzó de improviso y sin querer al asustarse cuando vió una telaraña repleta de mosquitos muertos y una araña enorme en pleno festín), pero con la sonrisa más grande que jamás había mostrado con ellos y con cuello ronco de tanto hablar y gritar.
James, a la derecha del plano, el cabecilla, el que les unía a todos y el que se olvidaba de su importancia y poder por el bien de la diversión. El que había decidido tomar una foto de ese momento porque sabía que Morgan quería y sus inexistentes pero futuros nietos querrían ver. El que salía medio encorvado porque se estaba apartando el pitillo de la boca para poder usar su inhumana voz y crear un eco que jamás se había escuchado en esos páramos.
Y el bosque al final del día, sin ninguna relación con ellos pero no por ello menos importante. Fue testigo de su unión, de sus desgracias pasajeras y compañero de su primera y mayor aventura a los catorce años.
Era su familia más querida, una que se había creado,destruido, reconstruido y expandido. La familia que no aparecería nunca en un libro oficial, pero la que la tomaría de la mano para ayudarla a sobrellevar la vida que le esperaba.
Lo sabía.
Lo creía a pies juntillas.
Era su familia, y aunque solo fuese en ese instante, aunque solo lo supiese ella, eran infinitos.
—Morgan.
—James.
—Vuelves a poner esa cara de vieja enajenada.
—No es verdad.
—Oh sí, la pones cada vez que miras esa foto. Si no fuese una foto de nosotros, creería que tienes uns trastorno sexual muy gordo.
—¿¡Qué dices!?
—Pezqueñines no, gracias. Recuérdalo.— James se golpeó la sien izquierda con la punta del dedo.
—Eres un tarado.
—No puedo leer las mentes como tú, mi pensamiento es libre e inexacto.
Mogan bufó. Qué lejos parecía aquello, y más en aquellos momentos, en pleno invierno, encerrados en su habitación, demasiado pequeña para contener a 4 adolescentes que empezaban a creerse adultos.
Levantó la cabeza para mirar a James, sentado en el suelo delante de ella, mientras le daba golpecitos con los pies gracias a sus largas piernas, que le catapultaban a los casi dos metros. Dedicándole la mejor de sus sonrisas, acompañado de un gesto obsceno, buscó apoyo en Ellie, absorta leyendo una de las revistas que estaban tiradas en el escritorio.
—Sam, dile algo.— rogó, perdiendo toda esperanza en su amiga y centrándose en el más centrado del grupo.
—James.— empezó.— No manzilles un recuerdo bonito.
—Ha sido ella y su cara de… de….—hizo un par de aspavientos con las manos como toda explicación.
—A veces el problema no está en lo que se ve, sino en el que lo mira.
—Dios mío.— James y Morgan se llevaron la mano al corazón a la vez, con los ojos abiertos fingiendo emoción y sorpresa.— Probablemente ha sido la cosa más profunda que han escuchado estas paredes.— añadió ella.
Sam se encogió de hombros, tirado en la cama con la consola en la barriga, momentáneamente olvidada. Se rascó la mejilla y carraspeó.
—O sí. Puede ser que el problema lo tenga Morgan. Nunca le acerques a tus inexistentes nietos.
—Pero qué coño.— Morgan gruñó. James sonrió de lado mientras levantaba los pulgares a Sam en señal de aprobación.— Idiota. Idiotas. Los dos.
—Los tres.— interrumpió Sam desde su trono, sin apartar la vista de su lectura.
Sí. Era infinitos.
Infinitamente imbéciles.
Pero sus imbéciles.