Hielo

Minirelato para el Escribitón de Thals

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El aire era tan espeso que apenas podía respirar. La niebla que estaba respirando también era la que le impedía distinguir sus pies, en constante contacto con una superficie fría y plana. De hecho, todo a su alrededor era frío, incluido él mismo. Cada vez que se abrazaba para entrar en calor, tenía que dejar de hacerlo al notar un extraño hormigueo ahí donde sus manos tocaban su cuerpo. Era como si él mismo se estuviese congelando.

Pero eso era imposible.

Sus recuerdos, si podía llamarlos así, no eran más que borrones. Las imágenes pasaban por su cabeza y se desvanecían en el pozo sin fondo que era su cerebro, para volver a salir a la superficie unos minutos después, o tal vez horas. O no volvían en absoluto y su eterna sensación de déjà vu era un claro síntoma de locura. Pero no quería adentrarse en ese punto de su existencia, porque si lo hacía iba a tener que plantearse si lo que veía, sentía, olía, pensaba, recordaba o notaba era real, y estaba demasiado aturdido como para sobrevivir a eso. Así que andaba en línea recta.

O eso creía.

Llevaba andando sin cesar desde hacía horas. O no. Tal vez. El dolor de sus pies le indicaba que sí, o tal vez era producto de otra cosa que no alcanzaba a ver por obvias razones. De vez en cuando notaba una capa fría de algo líquido recorriéndole la piel, y había decidido que era sudor. Si es que se podía sudar estando congelado. Había intentado apartársela de la frente, pero la reacción involuntaria que había tenido su ser al ver como una mano negra se acercaba a su rostro le impedía volver a intentarlo. Porque esa mano era suya, pero parecía no recordarse a sí mismo.

¿Era eso posible?

Lo que tenía claro es que debía tener algo claro para poder seguir adelante, así que se centró en pensar que se estaba dirigiendo hacia la saluda. Aunque nada cambiase, aunque cada vez estuviese más débil (o no), aunque cada vez tuviese más frío (o no). Iba a encontrar la salida.

O no.

Era consciente que tanto su mente como su cuerpo habían vagado sin rumbo cuando volvió en sí. No recordaba haberse ido, pero tampoco recordaba haber estado. Estaba mareado y notaba como sus brazos se alargaban hacia el infinito frente, buscando algo que agarrar para no caer. Sus pies estaban empezando a perder la coordinación, y su respiración era lo único que lograba escuchar.

Y, de pronto, tocaron algo.

Su primer instinto fue apartarse, pero parecía que todo él estaba dejando de funcionar porque tan solo notó como se quedaba rígido y caía hacia atrás. Unas manos oscuras salieron de la nada y lo sujetaron por los codos, llevándoselo consigo y manteniéndole a flote. Notó uñas clavándosele en la piel como clavos ardiendo, y ni siquiera fue capaz de gritar o de abrir la boca. Respirar era una hazaña. Exigirle algo más a su cuerpo hubiese sido una locura.

Cuando se estabilizó, apareció un borrón oscuro en la dirección por donde habían aparecido ese par de manos: primero perfiló unos brazos, luego un torso, hombros y, finalmente, un rostro.

Debía estar muy cerca para poder verle tan claramente, pero no sentía miedo. No sabía si era capaz de sentir algo. Apenas pensaba. O tal vez pensaba demasiado y por eso no era capaz de seguir una línea de pensamiento claro. Pero ese rostro le sirvió de punto de referencia, así que lo miró sin apenas pestañear. Tenía la nariz ancha, los labios carnosos y una incipiente perilla. El pelo apenas le había empezado a crecer y ya mostraba señales de querer rizarse hasta puntos insospechables. Sus ojos, grandes y enmarcados con unas pestañas apenas visibles, no dejaban de observarle. Le pareció ver esperanza en ellos, pero luego solo volvió a ver una mirada desconocida. A fin de cuentas, ¿qué sabía el acerca de la esperanza?

¿Qué sabía nadie?

El hombre, mucho más alto que él, se agachó, cerró los ojos y le ofreció su rostro. Le pareció estúpido durante apenas un segundo. Después, la sensación de haber vivido eso mismo muchas veces se apoderó de él y su cuerpo tomó las riendas. Alargó las manos hacia su rostro e imitó el gesto con su cabeza. En el momento en que sus frentes se rozaron, una paz le invadió todo el cuerpo. Dejó de ser consciente de si estaba de pie o cayendo, y el paisaje a su alrededor se desdibujó todavía más. Sabía que estaba consciente y no se había movido porque aun notaba las suaves mejillas del hombre en contacto con las palmas de sus manos, más frías de lo que había imaginado en contraste al calor que desprendía el recién llegado. Notaba como su cuerpo intentaba absorber todo ese calor sin llegar a ser capaz, a la vez que la fuente de calor no disminuía con su contacto. El fuego y el hielo se habían encontrado y ninguno de los dos estaba dejando paso al otro, pero sí a muchas otras cosas.

Imágenes.

Olores.

Sonidos.

Notaba como le pesaba la cabeza, pero también la notaba mucho más ágil que hacía unos minutos, u horas. Algo que no sabía explicar en palabras estaba ordenando toda la información que poseía, a la vez que se llenaba con otra que no le pertenecía. Pero no era una sensación rara. No era violento.

Era reparador.

Ya no se escuchaba respirar. Solo podía escuchar los gritos (desgarradores, inconexos, de felicidad, de dolor, de placer) y ver sin mirar un sinfín de escenas que prefería no ver, que prefería haber vivido, que prefería olvidar para siempre. Celebraciones, peleas, sangre, comida, cuerpos, casas. Paz, alegría, ira, odio, nerviosismo, curiosidad.

No entendía nada, pero no necesitaba hacerlo.

Poco a poco todo se fue calmando, y con ello parecía que la niebla se volvía más translucida. También lentamente se materializó delante de él un rostro femenino, pálido, de mirada ambarina y pestañas naranjas. Se sobreponía encima del rostro de su salvador, aun pegado al suyo, pero a la vez parecía estar muy lejos, mirándole directamente y cambiando constantemente de expresión. Tan pronto su ceño pecoso estaba fruncido, como su pequeña boca de labios notoriamente pintados de granate se abría para sonreírle sin vergüenza, para curvarse en una mueca de asco y profundo enfado que daba paso a una expresión laxa y calmada, con los ojos cerrados y sin expresión alguna.

Tanto los ojos del hombre como de la chica se abrieron a la vez, mezclando ámbar y oscuridad en una única mirada tan diferente y bien compenetrada a la vez. Los labios de la chica empezaron a moverse, mientras los de él permanecían sellados.

—Deja de dar vueltas y concéntrate. Es una vergüenza que alguien como tú tenga el Don. Y tenía que tocarme a mí. Tienes suerte de que me gusten los retos. Eres un afortunado, al estar junto a mí. Yo también quiero serlo, por estar junto a ti. Hagámoslo juntos. Idiota.

Y, tal como había aparecido, desapareció.

La niebla dio paso a unas paredes blancas y a una iluminación que le hacía daño en los ojos. El suelo, de un gris metálico oxidado, le había hecho daño en los pies. Tenía las uñas encarnadas y una desnudez que, de pronto, le avergonzó.

Tapándose con un pudor que no conocía momentos antes, miró a quien había apodado Salvador, que ya no parecía tan dócil ni tan espiritual. Se había apartado de él y le miraba desde su más de metro noventa, con los brazos cruzados encima del pecho desnudo y una sonrisa socarrona.

-—Salgamos de aquí.

Los Costa

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Minirelato para el Escribitón de Thals

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Hacía horas que estaban tirados en la playa, un hecho ciertamente poco planeado: reunión en el bar como cada sábado, perder la cuenta de las cervezas y terminar bañándose en el mar porque no tenían ganas de volver a casa. Por eso no tenían nada para poder protegerse el culo de la arena que se les pegaba cada vez más mientras intentaban secarse, tarea un poco difícil porque no contaban con la ayuda del sol, aunque sí de la luna. Marina lo agradecía, o eso creía cuando las muchas cervezas de más la dejaban pensar con claridad. Se habían quitado la ropa para darse un chapuzón nocturno sin pensar que la ropa interior tienda a transparentar. O no. Pero Marina estaba segura de que su culotte blanco estaba transparentando todo lo transparentable, y prefería la oscuridad. Aunque teniendo en cuenta que a su lado estaba Marc, no tenía mucha importancia. Él, también en ropa interior (o tal vez no porque no había mirado y ya no tenía ánimo para hacerlo), soltaba gruñiditos de borracho que intenta dormir pero el mundo da demasiadas vueltas para lograrlo.
Se removió para estirarse de lado y mirar directamente a su amigo. Eso implicaba terminar rebozada como una croqueta y perder toda esperanza de llegar a casa sin arrastrar media playa consigo, pero a ella también le daba vueltas el mundo y tal vez así estuviese mejor. También quería ver a Marc, pero eso no era tan importante. No, no quería verle. Quería molestarle. Eso era. Estaba segura de que era el deber de todo amigo borracho hacerlo.
Aguantándose muy mal la risa, estiró el brazo hasta que uno de sus dedos rozó las estúpidamente largas pestañas de su amigo. No solo tenía los ojos verdes, sino que tenía más pestañas que ella, algunas rubias. Súper bonitas, pero súper odiosas. Así que las atacó dándole toquecitos hasta que Marc le apartó la mano patosamente y abrió los ojos, acción bastante peligrosa teniendo en cuenta su estado, bastante ebrio. Por suerte no perdió el ojo en el proceso, ni ninguna pestaña fue dañada en aquel experimento de borrachos.
Sus miradas se encontraron y se quedaron así. Marc cerró un ojo para enfocarla mejor. Marina se rio y le dio un golpe amistoso en el brazo, aunque resultó ser su estómago. Se rio aún más al escuchar la suave protesta de su colega de aventuras.
No sabía cómo habían terminado ahí. No “ahí”, en la playa, sino ahí, siendo ellos, juntos y amigos. Teniendo en cuenta que la primera frase que escuchó al pisar por primera vez el pueblo fue que se mantuviese alejada de él y de toda su familia, era sorprendente como poco. Solía hacer caso de las advertencias.

Hacía casi tres años que había empezado su nueva vida en aquel pueblo costero del que ni siquiera sabía el nombre antes de buscarlo en Google Maps. Previamente, también en Google, había hecho la búsqueda de “Top 10 pueblos costeros tranquilos Catalunya”, y en la posición número cuatro estaba ese. A sus ojos todos le habían parecido bastante igual, a juzgar por las fotos, pero ese era diferente porque estaba en cuarto lugar, y el cuatro era su número favorito. Demostrando que siempre había que tener en cuenta motivos de peso para decidir las cosas, había tardado tres horas en organizarlo todo, ya que tuvo que llamar a unos colegas que trabajaban en pueblos durante el verano, a ver si conocían al que se dirigía y podían conseguirle una entrevista, y un mes en irse en bus hacia allí; quería cambiar de vida, pero la vida no iba a cambiar por ella y tenía muchos trámites que dejar listos antes de poder darle la espalda a Barcelona y abrazar su nueva y tan buscada idílica tranquilidad, a poder ser con trabajo para no tener que volver a vender su alma al peor postor.
Cuando se bajó del bus, cargada con dos maletas con ruedas que no funcionaban, buscó a su nueva casera, una señora de sesenta años que le había alquilado por bastante menos precio del que esperaba de un apartamento en un pueblo junto al mar y, por ende, turístico. Al parecer, el efecto Barcelona aún no había llegado ahí, o tal vez era temporada baja. O tal vez aún existían buenas personas. Sabía que no había sido suerte; eso se le había acabado hacía mucho.
Cuando la encontró, sujetando un din A4 con su nombre escrito en rotulador rojo y un poco seco, resultó que no era una abuelita como había pensado, sino más bien una mujer que conservaba una figura esbelta, vestía mejor que ella y olía a rosas, como mínimo. Ni rastro de delantal, moño o barriguita de la felicidad. Se sintió incómoda al instante, y no tenía ninguna duda de que por fuera también era apreciable. Con gesto mecánico, alargó la mano como toda presentación, soltando una maleta al hacerlo y notando como se deslizaba lenta e inexorablemente hasta el suelo.
La señora no se andó con rodeos.

—No te acerques a los Costa. Bienvenida. Sígueme.

Marina tardó unos segundos en procesar la frase, porque estaba segura de que ese no era el orden correcto: primero se saludaba, luego se daba la orden y, después, lo que fuese eso de los Costa. En su mente era una compañía pesquera que sumergía cocaína entre las redes de pesca y todo el pueblo estaba asustado de ellos y sus trapicheos. No eran trigo limpio, daban miedo y había que avisar a los que venían de fuera. Pero Marina tenía claro que primero se saludaba.

—¿Vale? — respondió, alargando la e.
—Como ves es un pueblo pequeño, con las calles construidas sin ton ni son. En febrero no hay mucha gente, como notarás. Los meses altos son los de verano, también como supongo que te imaginabas. La casa está cerca. Es pequeña. Para cualquier cosa cuenta con tus vecinos. Es un poco tarde para presentarte, pero mañana ya vendrán a decirte algo. Somos gente amistosa— sonrió arrugando la nariz.— Dejaremos tus cosas ahí y te llevaré hasta el bar.
—¿Cómo?— Marina frecuentaba los bares, varias veces a la semana, pero no era consciente de llevarlo escrito en la frente.
—Sé que tienes una entrevista. Conozco al propietario del bar. Todos nos conocemos, aquí.— volvió a regalarle una de esas sonrisas torcidas y arrugadas. No sabía si era su manera de sonreír o su manera de escupir en todo en silencio. Tampoco sabía si le gustaba.

Rosa, que irónicamente es como se llamaba esa señora que literalmente olía a su nombre, no le mintió cuando dijo que la casa era pequeña. Tampoco hacía falta, lo había visto en las fotos: pequeña, un tanto vieja pero con encanto, si lo mirabas con los ojos adecuados, que era lo que estaba haciendo en esos entonces Marina, y lo que había hecho al decidirse por ella. También había ayudado que no habían muchas otras opciones en el pueblo.
Dejó sus trastos, cogió la llave que le tendía Rosa sin poder evitar fijarse en lo fina que tenía la mano y lo perfectamente arregladas que llevaba las uñas, y la siguió otra vez en silencio mientras ella parloteaba de datos y más datos de aquel remanso de paz. El olor a mar le llegaba cada vez que el viento soplaba en su dirección, y a pesar de ser febrero, la temperatura estaba bien. Lo cierto es que estaba tan a gusto que podían haberle estado hablando de mierdas, literalmente, y no le hubiese importado. Tampoco es que le importase en circunstancias normales.

El bar también estaba cerca, como suponía que también debía estarlo la tienda donde iba a comprar la comida, la farmacia, el banco y cualquier cosa que estuviese dentro de la comunidad. Lo que no esperaba es que tuviese una terraza tan grande y tan ocupada. Marina se había acostumbrado a grandes aglomeraciones de gente al vivir en Barcelona, pero no quería tener que acostumbrarse también ahí.
La entrevista de trabajo fue aun más escasa que la presentación con Rosa. El jefe se llamaba Jose, la iba a contratar porque le habían hablado bien de ella y porque en ese pueblo de viejos poco iba a encontrar, del sueldo hablarían más tarde y que ese iba a ser su día de prueba. En otras condiciones, Marina no lo hubiese aceptado, pero estaba intentando dejar el estrés y sus ganas de pelear atrás por unos días, así que… aceptó. Se puso un pequeño delantal negro con un bolsillo, cogió la pequeña tablet donde tendría que apuntar los pedidos, con una increíblemente larga explicación de treinta minutos, y salió a tomar nota a una voz masculina que llevaba gritando el nombre de “Jose” más tiempo del políticamente correcto. Por su parte, Rosa se sentó en la barra y pidió un gintonic directamente a Jose, que sirvió dos y se sentó a hablar.
Dio gracias a sus años de experiencia como camarera, y doble gracias a sus padres por haber decidido montar un bar y joderse tanto su vida como la de su hija gran parte de sus veintisiete años, y levantó la vista para encontrar al vocero. Al parecer, no solo pegaba gritos, también sabía menear los brazos. O le estaba dando un ataque.
Poniendo su mejor cara, se dirigió hacia ahí sin dejar de ser consciente que todos los ojos estaban puestos en ella. Una cara desconocida en un pueblo era más interesante que un ovni, estaba segura.

—Hola, vosotros diréis.— se anunció, sacando la tablet a la vez que su pose más formal. El chico se quedó mirándola con las cejas arqueadas, sin pedir nada. Incómoda otra vez, cambió el peso de un pie al otro y observó el resto de la mesa, que la observaban igual.
—¿Quién eres?
—¿Eres nueva?
—De por aquí seguro que no es.

Guardó silencio, sin dejar de sonreír, rezando para que eso no fuese un no sutil intento de ligar, a la vez que pensaba mil frases políticamente correctas para responder y no quedar como una borde que no iba a ganar una propina en su vida.
Lo que le hizo preguntarse si en un pueblo tan pequeño se daba propina.

—Marina.—empezó, señalando con la mano libre al chico que lo había preguntado.— Sí— prosiguió, señalando al otro.—Y sí que no.— concluyó. Anticipándose al siguiente movimiento, señaló al primer chico con el que había entablado conversación, al menos por su parte, esperando la siguiente pregunta.
—Marc Costa. Estos son mis hermanos.

Marina ladeó la cabeza y dejó de escucharle. Si eso era un Costa, no entendía la advertencia de la vecina. Debía rondar su misma edad. Cabello de un color rubio cenizo, pómulos marcados, sombra de barba, una cicatriz en el labio inferior, nariz recta, ojos verdes y las pestañas más largas que había visto en un chico en su vida. Tal vez incluso más largas que muchas chicas. Tal vez más largas que las suyas, lo que hacía que le cayese un poco mal, pero sabía que ella las tenía más tupidas y negras, lo que suponía que igualaba el asunto. En cualquier caso, era un chico normal, fuese lo que fuese “normal”. No parecía un maleante, ni un toxicómano, ni un traficante, ni… nada. Un tío normal.
Recordó la historia que se había montado ella sola y se le escapó la risa por debajo de la nariz, y por la mirada que le hecho el tal Costa y el resto de la mesa, supo que no había sido ni apropiado ni educado. Carraspeó, incómoda.

—Perdón. ¿Decías?
—Nada.— el tal Marc sonrió como si no hubiese pasado nada, por lo que Marina decidió que, efectivamente, no había pasado nada.— ¿Es tu primer día?
—Sí.
—¿En el pueblo o aquí?
—Ambas.
—Vale, lo pillo. No se habla cuando hay trabajo. Estrellas para todos.
—¿Cuatro?
—Sí, gracias por tomarnos nota.— Marc sonrió.
—A ti.— Marina le devolvió la sonrisa.

Y había tomado nota. De esas cuatro estrellas que terminaron siendo veinticuatro, y también de no acercarse a los Costa, Marc Costa incluido, por no sabía qué motivo. Al menos al principio. Lo había intentado, perezosamente pero lo había hecho. Hasta que lo dejó de hacer y ahí estaba, con el chico de las pestañas en la playa, medio en pelotas y riéndose en su cara mientras le hacía cosquillas o lo intentaba, porque Marc no tenía cosquillas. Siguió intentándolo como siempre terminaba haciendo cuando bebía demasiado y le daba la risa floja, hasta que se cansó y dejó olvidada su mano en el pecho del chico, que no hizo ningún movimiento para apartarla.

 

 

 

El moco

“Darkness cannot drive out darkness: only light can do that. Hate cannot drive out hate: only love can do that.”

― Martin Luther King Jr.

Minirelato para el Escribitón de Thals
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No recordaba exactamente cuándo había empezado todo. Tal vez hacía una semana, tal vez hacía un día. Tal vez hacía un año, aunque esperaba que no. Lo cierto era que su traicionera mente le escondía los recuerdos que más necesitaba, así que su desconocimiento era tan grande o más que su nerviosismo al intentar mover el agua del estanque y… fallar. Una vez más.
Suspirando sonoramente, dio la espalda a todo lo que le recordaba su nuevo fracaso, y se sentó desmadejadamente encima del frío mármol que rodeaba el agua. Escondió la cara entre las manos y dio rienda suelta a sus más fatídicos pensamientos.
¿Y si nunca más era capaz de controlar el agua?
¿Y si nunca más era capaz de hacer cualquier tipo de malabarismo mágico, como le gustaba llamarlo?
¿Y si perdía todo lo que había conseguido?
¿Y si?
Sin dejar de hundirse en su miseria, Iara se estrujó casi literalmente los sesos para sacar alguna respuesta a todo aquello.
Su historia, era consciente de ello, era asquerosamente lineal y asquerosamente idílica: hija única de un matrimonio de políticos bien aposentados desde hacía más de veinte años y con un historial intachable, había tenido facilidades para tener de todo y, encima, ella misma era hábil en todo lo que se valuaba desde la última guerra, en la que se descubrió a la gente como ella y por la cual ganaron: podía hacer magia. Técnicamente solo podía manipular el agua, el viento, la tierra y el fuego, y juntando varios de ellos crear algo parecido a la magia, pero esa explicación no era la que la gente quería oír, así que nunca lo expresaba en voz alta. La magia existía, y ella había sido de las mejores desde que su mente recordaba. Porque eso sí lo recordaba. Luego pasó y algo y… ahí estaba. Fallando en lo más básico.
Sin reprimir un gruñido, se giró con rabia y, a falta de magia, dió un puñetazo al agua. Inmediatamente aparecieron las ondas que hasta entonces había sido capaz de crear sin tocarla, y todo el líquido ejecutó su movimiento que tantas veces la había hipnotizado, lamiéndole el bajo de la camiseta y mojándose toda la mano, que había quedado completamente sumergida tras ese estallido de rabia. No apartó la mirada hasta que todo volvió a estar quieto: no porque esperase nada, sino porque había perdido todas las fuerzas. Ni siquiera podía suspirar, y no era por falta de ganas.
Llevaba días así. Primero, tristeza, luego una frustración que daba paso a la rabia, que terminaba en apatía para, al cabo de unas horas, abrir la puerta a la tristeza. Llevaba mucho repitiendo ése patrón, día tras día. Pero, ¿cuándo había empezado?
Aun con los ojos fijos en el agua, notó como algo se interponía entre ella y el sol. Se giró perezosamente y con el ceño fruncido, y se encontró con una cara a escasos centímetros de la suya. Con un respingo, se echó atrás, sumergiendo sin ninguna elegancia las dos manos en el estanque.

Joder, Leo. gruñó, notando como los pequeños peces que habitaban el pequeño círculo de agua le besaban la piel.
¿Con esa boca besas a tu madre? inquirió el chico, sentándose a su lado sin perder la sonrisa.
No beso a mi madre.
Es una frase hecha.
Es una mierda.
¿Sabes que es una mierda? La pose que tienes ahora mismo. Se te van a cargar los hombros, y por si no lo recuerdas ya no eres tan joven.
Tengo veintiún años. ¡Como tu!le gritó, fingiendo más indignación de lo necesaria y sacando las manos del agua para salpicarle al señalarle. No pudo evitar sonreír.
¿Y? Yo ya noto la edad. Ya no solo tengo arrugas de expresión, sino arrugas de verdad-verdad. Mira. volvió a acercar la cara a la suya y se apartó el pequeño mechón que se había descolgado de su melena despeinada y cobriza.
No veo nada.
Ya te falla la visión. se enjugó una lágrima imaginaria y le apoyó la mano encima de la de Iara, que la apartó al instante.
Pero no me falta fuerza para darte un puñetazo.
La violencia no es la solución, hija de políticos pacifistas que están dando tan buen ejemplo a la parte más belicosa de nuestra sociedad.
Vale. levantó las manos en señal de rendición. Tú ganas, yo pierdo. No puedo más con tu verborrea.
Adoras mi verborrea.
Adoro el vino, y ¿sabes? a veces también tengo que dejar de beber. sonrió de lado y golpeó amistosamente su hombro con el de Leo.
Qué hacías, por cierto.

Iara le miró con los labios entreabiertos y un sinfín de confesiones. Porque, orgullosa y cabezota, no había confesado a nadie su pequeño percance. Todo iba bien, a ojos de los demás. Tal vez estaba un poco más tirante, tal vez desaparecía más, pero a fin de cuentas seguía siendo ella: sin problemas, con la vida solucionada y un futuro brillante ante si.
No podía destruir su imagen. No podía mostrar debilidad. No podía no ser Ella, ni siquiera delante de su mejor amigo.

Nada.
¿Sabes que has tardado a responder como treinta segundos y la gente que realmente no hace nada ni siquiera responde a esa pregunta? Iara arqueó una ceja y ladeó la cabeza.- Vale. No hacías nada, lo pillo.
¿Qué haces tú aquí?

Leo sonrió antes de responder, probablemente todo ello en menos de un segundo.

Nada.

Iara le miró, frunciendo el ceño otra vez. A veces odiaba tener al lado a alguien tan despreocupado. Tan libre. Tan feliz. Y tan idiota como para no preocuparse de nada. Ni siquiera se peinaba por las mañanas, lo que era francamente irritante para ella, que tenía el pelo negro e indomable con el que tenía que pelearse cada vez que quería fingir que tenía las hermosas ondas de su madre o de cualquier modelo de revista, en vez de su pelo sin forma y pegado a la cabeza.
Ella, que tenía cada paso preparado y muchos ojos pendiente de ella, que no podía dar un paso en falso y que en ese mismo instante estaba siendo un fraude para ella y para todos, debía ver cada día a alguien como él, hecho de desastre y de… Luz. Porque lo cierto era que apenas le había visto fracasar, y cuando eso sucedía, encontraba algo positivo que era completamente invisible a los ojos de Iara hasta que él lo señalaba; porque hacía amigos a puñados y cuando entraba en cualquier sitio la gente le miraba con curiosidad, no para ver si tropezaba; porque ella siempre había sentido un peso en el pecho que había tratado de plasmar en varios arrebatos artísticos como una bola negra, y esa bola negra solo parecía hacerse más pequeña cuando Leo se acercaba a ella con su estupidez, su libertad y su naturalidad.

Sé lo que pretendes y no voy a caer.

Iara parpadeó varias veces para volver a la realidad.

¿Qué?
Llevabas diez minutos en silencio mirándome la nariz.
No llevo diez minutos en silencio.
Así que niegas el tiempo pero no haberme estado mirando.- canturreó Leo, meneando un dedo delante de Iara.
No te he estado mirando la nariz. bufó, apartándole el dedo.
Eso es lo que diría alguien que ha estado mirándome la nariz diez minutos porque sabe que tengo un moco y no me lo quiere decir…
Qué coñ…
O quiere que piense que es así.

Iara le miró, incrédula. Leo le devolvió la mirada, entrecerrando los ojos.

Alguien está perdiendo la cabeza, y no soy yo. respondió Iara, al fin, levantándose lentamente para apartarse de su demente amigo.

Con un alarde de velocidad, Leo se levantó antes que ella y, cogiéndole la cara con las dos manos, frotó su afilada nariz contra la ligeramente puntiaguda de Iara. Intentó zafarse de su agarre mientras notaba como un calor que había aparecido en su pecho subía hasta sus cara, pero solo consiguió que Leo le estrujase las mejillas y le pusiera la boca como si fuese un pez.

¡Beso de gnomo mocoso! anunció Leo, aun sin soltarla.
Eres idiota.
Y tu una mala amiga por no decirme que tengo un moco.
¡No tienes nada!
¡Ahora es tarde!
¡Nunca es tarde!
¡Ahá!

Al fin la soltó, pero solo para darle un capirotazo en la frente y dedicarle una de sus sonrisas de “yo tengo razón y tu no”. No supo muy bien a qué se debía, así que se frotó el sitio donde había recibido la tan gratuita agresión y se sentó, gesto que imitó su amigo sin perder la sonrisa. Pensó en volver a sumergir la mano en el estanque para mojarle toda la cara. Y cuál fue su sorpresa que, mientras lo pensaba, un globo de agua se desprendió de la masa líquida e impacto en la cara de Leo, quién, superada la sorpresa, empezó a reírse mientras intentaba evacuar el agua que le había entrado por la nariz.

¡¿Has visto eso!? no pudo evitar gritar sin ocultar su alivio y alegría.
Sí, claro que lo he visto. He fracasado con el mierda beso de gnomo y no te he pegado el moco a ti.

Le dio un manotazo en el hombro por idiota, y le abrazó por lo mismo.

Eres idiota.
Y tu una tía muy rara.

Un sueño

“You need to spend time crawling alone through shadows to truly appreciate what it is to stand in the sun.”

― Shaun Hick

Minirelato para el Escribitón de Thals
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La luna la encontró aún a horas de su destinación final, una triste taberna en un triste pueblo de mala muerte que no hubiese visitado nunca. Probablemente. Lo cierto es que estaba prejuzgando un poco. Tal vez no eran tristes, eran diferente a lo que había estado acostumbrada los últimos meses, eso era todo. Diferentes y con un atractivo sólo perceptible para esas personas sensibles y educadas en el arte, como era su caso, aunque no lo pareciera.
Barberianna, con su casi metro ochenta, tenía pinta de tipa dura, especialmente cuando salía de viaje, que, para sorpresa de quienes conocían su noble procedencia, era bastante a menudo. En esas ocasiones, se enfundaba un armadura que tapaba a la perfección sus curvas de mujer y la protegía de espadas, hachas, jabalinas, flechas y cualquier cosa arrojada a ella. También de la lluvia, en gran medida, y del sol. Pero no del calor, más bien lo aumentaba, y con él también llegaba el sudor, algo que odiaba tanto en su piel como en la de los demás. A pesar de llevar años viajando con lo menos posible (a su parecer), lo que incluía también pocos aseos, no soportaba esa sensación de quedarse pegada consigo misma. En ocasiones muy necesarias, había pagado una fortuna para poder darse un buen baño. O, bueno: una fortuna para la posada que había tenido la suerte de encontrarse en su camino. Hacía años que no tenía la riqueza que debería haber poseído teniendo en cuenta su clase social y el apellido de su familia, pero aun así era mucho más rica que la mayoría de pobres infelices que se cruzaban en su camino.
No, no parecía una persona dada a las artes, pero lo era. Todo su ser interior, el que no mostraba fácilmente pero se le escapaba en los momentos más peliagudos, estaba ahí. Disfrutaba de la buena música, de una comida preparada con ingredientes exquisitos y de procedencia vegetal, pues no llegaba bien la muerte de los animales, de sentarse con una buena copa de vino delante de un cuadro y quedarse mirándolo largamente, absorbiendo cada trazo y cada matiz, o incluso el material de la tela o el olor del barniz. Era capaz de todo eso y más. Pero aun quedaba mucho camino por recorrer para poder hacerlo libremente y delante de todo el mundo. Aun tenía que llevar el disfraz de Barberianna La Guerrera que mantenía a hombres a distancia y criaturas bajo sus pies, antes de poder mostrar a Barberianna, la que quería ayudar a los mendigos que pululaban por los caminos o las calles más oscuras de las ciudades, o a aquellas razas más mal vistas y maltratadas por los humanos.
Paciencia, se recordó. Tendría tiempo para lanzar el hacha a un tronco, por diversión. Pero en esos instantes necesitaba paciencia.

Se pasó la mano distraídamente por su larga melena leonina y del color de fuego. Aunque ya no hacía calor y se había lavado la cara en un riachuelo próximo, el pelo se le pegaba en la frente y el flequillo, demasiado largo, le impedía ver bien lo que había delante. Y era de vital necesidad que viese bien. Se estaba adentrando en el bosque. Si sus cálculos no le fallaban, era un pequeño atajo que le acercaría a su destino mucho más rápido que el camino central. Pero eso significaba estar a merced de animales salvajes (no le preocupaban, pero no quería hacerles daño), bandidos (tampoco le preocupaban y sin lugar a dudas quería hacerles daño), y trasgos. Esos últimos eran su principal preocupación, pues eran rápidos y se movían en grandes multitudes, y no sabía si sería capaz de hacerles frente ella sola. Teniendo en cuenta la importancia de su misión, debía serlo.
Sus verdes ojos se entrecerraron para ver mejor y, sin dejar de avanzar, recorrieron atenta la espesura del bosque. Todo parecía correcto, pero en la vida había aprendido que, cuando todo parece ir bien, es muy probable que esté yendo completamente mal.
Como esa fatídica noche en la que lo perdió todo.
Suspiró y se reprendió internamente por hacerlo. No era momento de hacer ruido, y mucho menos de ponerse a pensar en lo que, a pesar de ni siquiera recordarlo, había sido la peor noche de su vida. Se lo habían contado tantas veces que era capaz de visualizarlo todo con detalle: las casas ardiendo, la gente muriendo, las flechas surcando el suelo y estrellándose en carne y piedra, sin descanso. Gritos de mujeres protegiendo lo que era suyo, aullidos de hombres muriendo, llantos de niños que de repente eran huérfanos, y gruñidos de animales intentando sobrevivir en una guerra en la que habían sido arrastrados por culpa de humanos y criaturas aún más despreciables.
En esa noche que apenas recordaba, lo perdió casi todo. En esos días que lo siguieron, y que tampoco recordaba, lo pasó mal y estuvo al borde de la muerte: ella, junto a los criados de sus padres y tal vez los pocos caballos que les ayudaron a escapar. Todo el mundo estaba exhausto y herido. Triste y rabioso. Y, sobre todo, vacíos.
Después de aquello nada fue igual. Se recuperaron, alzaron un poco la cabeza e intentaron seguir adelante ignorando todo ese sufrimiento y pérdida que habían llevado a cuestas a su nuevo hogar. Parecía que lo habían depositado todo en la pequeña Barberianna que, con apenas cinco años, poseía unos recuerdos falsos muy vivaces y una ira más grande que su legado.

Un crujido a su derecha la hizo volver al presente. Agudizó el oído todo lo que le permitían sus oídos humanos, que no eran mucho. Por suerte, parecía que su desconocida compañía tampoco era muy sutil. Por desgracia, eso apuntaba claramente a los trasgos, criaturas más bien idiotas y torpes, pero perseverantes.
Cuando creyó escuchar más pasos y más susurros a su derecha, cogió con agilidad una de sus jabalinas y la tiró hacía ahí, esperando (y a la vez no) que fuesen tantos como para darle a uno.
Acertó.

¡Sucia humana!

Eso pareció dar el grito de alarma, al que siguió una lluvia considerable de flechas dirigidas con mayor o mayor certeza a ella. Intentó esquivarlas rodando a un lado y cubriéndose la cabeza, su parte más expuesta en aquellos momentos, con los brazos. Surgió efecto y apenas recibió un rasguño. A la mañana siguiente era probable que tuviese algún que otro moratón en sitios donde no sabía que podía tenerlos, pero eso era nada comparado a desangrarse tristemente en un bosque, sin que nadie sepa donde estás, por unos trasgos y sin haber logrado el gran objetivo de tu vida.
Se levantó cuan alta era y sonrió desdeñosamente, blandiendo el hacha y atacando sin piedad a los estúpidos trasgos que se habían acercado sin ningún tipo de prudencia ni sentido de la supervivencia.
No seguiría el camino de su familia. No iba a volver a caer. No iba a permanecer con la cabeza agachada, con medio pie en la mugre y el otro apoyado temerosamente sobre una bolsa de oro. Se alzaría delante de todo el mundo y, con su querida hacha al lado, se sentaría en ese trono tan merecido para gobernar lo que hoy tan solo era un montón de salvajes pero que, gracias a ella, terminaría siendo el orgullo del pueblo humano.
No iba a caer ahí, en medio de sucios trasgos mal organizados. Les iba a destrozar el cráneo a todos con tanta rapidez que aún le quedaría tiempo para bañarse en el río para presentarse como era debido a sus nuevos compañeros de viaje.

Silencio

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Minirelato para el Escribitón de Thals
Ambientado en el mismo mundo que El diario

**************

Su padre siempre se había reído de su incapacidad para soportar el silencio, incapacidad que Natalie negaba. No era que no le gustase el silencio o incluso lo temiera; simplemente no era necesario tener que afrontarlo cuando había tantos sonidos y música en el mundo, y tantos programas y tecnología disponibles para que te acompañasen todo el día.
No, no era incapaz.
Pero resultaba que un poco sí lo era.
Había tenido que fugarse de casa, perder todo contacto con sus seres queridos y su entorno conocido, pasar más de 24 horas sin tener hablar con nadie y que le robaran el móvil para darse cuenta de algo: el silencio era la puerta abierta a todos sus temores y, peor aún, dejaba pasar claramente la voz de su consciencia, que no dejaba de advertirle de peligros fantasma, recordarle ideas nefastas (a la par que vergonzosas) que había tenido y llevado a cabo en sus casi veintiún años, y ser especialmente dañina con toda esa comida basura que se había tragado esas últimas semanas de estrés y que ahora mismo la hacían una presa poco ágil, como mínimo, en un entorno hostil y desconocido. Probablemente más lo segundo que lo primero, pero parecía al revés.
Y todo con un único objetivo en mente: encontrar a un vampiro vivo. O tan vivo como podían estar, que era muy relativo. Había hecho los deberes antes de desaparecer (no tan sigilosamente como hubiese querido). Aprovechando la posición de su padre, que le permitía tener acceso tanto al registro civil de La Torre como de la ciudad a sus pies, había podido saber en qué barrios podía encontrar a qué ser. Y cuál había sido sus sorpresa al saber que, a diferencia de lo que se les explicaba durante toda su vida aislados en ese enorme edificio que se había convertido en una ciudad vertical, la mayor parte de la población que habitaba la más que deficiente ciudad no eran más que humanos. Humanos y unos pocos seres de otras especies que aún no habían conseguido la aprobación para ir a vivir con los de su misma especie en lo que habían empezado siendo barrios de solo un tipo de criatura y habían terminado siendo ciudades independientes, ligeramente distanciadas de La Torre y muy privadas en lo que pasaba en sus calles se refería.
Y por eso se encontraba ahí, en un edificio de cinco plantas, en un barrio con apenas luz en la calle, manchas de grasa por todas partes (y de otras cosa que prefería no pensar), unos edificios sorprendentemente bien conservados, y un silencio que le devolvía el eco de cada uno de sus movimientos. Suyos y de nadie más. O eso quería pensar.
Los archivos de su padre le habían dicho que en ese edificio, en la última planta, habitaba una de las últimas parejas chupa sangre de la ciudad, como se les llamaba comunemnte desde que salieron a la luz (irónicamente). Claro que podía haber intentado ir al epicentro vampiro, pero no podía dejar pasar la oportunidad de acortar su pequeña aventura encontrando lo que buscaba a apenas dos días de distancia de su casa, por peligroso que fuera.
Empezaba a arrepentirse.
Subió las escaleras intentando hacer el menor ruido posible, a la vez que aguzaba el oído para escuchar los posibles sonidos que haría algún ser habitando activamente el edificio. Cuando llegó a su destino sin haber escuchado absolutamente nada en los cuatro plantas anteriores, empezó a pensar que algo iba mal. Encontrarse la puerta del apartamento al que se dirigía abierta y en mal estado no la tranquilizó en absoluto, y mucho menos darse cuenta de que la sombra en el suelo que parecía una maceta caída era, ni más ni menos, una cabeza con los ojos abiertos, mirando directamente sin verla. Y a juzgar por el olor, llevaba varios días así. O horas. O qué sabía ella, no estaba acostumbrada a ver cadáveres.
Un grito empezó a formarse en su garganta, pero sólo logró salir un pequeño gemido, más parecido al ruido de una rata que al de un humano entrando en pánico. Olvidando toda precaución, se dio la vuelta y salió corriendo sin destino aparente. De pronto solo escuchaba su carrera desenfrenada, su respiración y el corazón en sus oídos. Su voz interna la advirtió de que estaba subiendo escaleras, no bajándolas, y que era una de las mayores estupideces que había hecho en su vida. Que morir ahí, sin nadie para identificarla o llorarla un poco era patético, y que, al menos, si se dirigía a la terraza del edificio, les hiciera un favor a todos y se tirase antes de que el asesino de vampiros la encontrase y la tirase él.
Abrió la única puerta que le esperaba al final de las escaleras y siguió corriendo incluso un poco más rápido cuando escuchó que se cerraba a su espalda sin que ella hubiese hecho nada. Corrió sin apenas darse cuenta de lo que la envolvía hasta que una barandilla se clavó en su abdomen y le hizo perder la respiración y el equilibrio. A punto estuvo de precipitarse de verdad al vacío, pero al parecer su instinto de supervivencia estaba medianamente activo y la salvó haciendo que sus piernas empezasen a temblar y no pudiese estar por más tiempo de pie.
Pasaron varias horas hasta de decidir moverse de nuevo y mirar cautamente si alguien le había seguido, aunque en realidad era probable que sólo hubiesen pasado dos minutos y se estuviese girando como una maníaca para ver si alguien la miraba, hacha en mano y sonrisa psicópata. Pero no había nadie. Cuando logró tranquilizarse también se dio cuenta de que el silencio seguía siendo el mismo. Seguía tan sola y perdida como hacía apenas media hora, y no parecía que nadie, a parte de ella, fuese a cambiar esa situación.
Se dejó caer hacia atrás, cansada y mareada, e intentó pensar en las posibilidades que todo eso le había dejado, mientras notaba como el sol se iba escondiendo: por un lado estaba su rotundo fracaso en cuanto a buscadora de vampiros se refería, fracaso que aun no podía siquiera afrontar. Por otro, estaba su pánico a volver a bajar las escaleras e irse del edificio, atravesando las calles que ya le habían dado miedo cuando un poco de luz solar le iluminaba el camino. Y finalmente la tristeza de perder a la persona por la que había empezado esa loca aventura, como le gustaba llamarlo ella para darse un poco de ánimos. La persona que iba perdiendo cada minuto que pasaba. Estaba en sus manos dejar que se muriese pero permaneciese vivo, como una carcasa sin fondo, o dejar que un vampiro le mordiera para que se muriese también, pero sin dejar de ser él. O eso esperaba, a pesar de no haber ningún estudio ni ningún indicio que avalase su teoría. Simplemente tendría que funcionar.
Funcionaría.
Se levantó, animada por su determinación repentina, y se dio la vuelta para afrontar otra vez el sentimiento de claustrofobia que sabía que le invadiría al entrar en el edificio. Se detuvo al dar dos pasos. Escuchaba un ruido por encima de su cabeza. A pesar de la poca luz, vio lo que parecía uno de los helicópteros de reconocimiento y orden que tan bien conocía, pues su padre se encargaba de organizarles y asegurar que sus nóminas llegasen cada principio de mes.
Sonrió, creyéndose salvada, extendió los brazos y empezó a agitarlos de lado a lado. Y después arriba y abajo. Otra vez de lado a lado, hasta quedarse inmóvil de nuevo, con los brazos extendidos.
No había tardado mucho en darse por vencida: era obvio que no la veían, y si lo hacían no iban a tirarle una cuerda y rescatarla de lo que fuese que la afligía, si es que eran capaz de notar eso. Y no lo iban a hacer porque, fuera de contexto, Natalie era una cualquiera, y en esa zona podía ser uno de esos locos de los que siempre la habían avisado, o un vagabundo haciendo estiramientos antes de irse a dormir entre sus cajas colocadas estratégicamente en una azotea, o simplemente nadie. Conocía a gente como la que iba montada en ese helicóptero, y sabía que no iban a hacer absolutamente nada por alguien que no tuviera una acreditación de ser uno de los miles de humanos que vivían en La Torre, y, por desgracia, con esa diferencia de altura no se podía leer nada. De hecho, Natalie no estaba segura de querer sacar su documentación de su escondrijo dentro del zapato. Algo había cambiado en esas últimas horas, y se sentía mal tan solo de pensar en lo privilegiada que había sido hasta entonces sin saberlo. O sin importarte.
Apoyó los codos en la barandilla, derrotada, y dejó vagar su mirada por la calle. Estaba tan ensimismada en si misma que tardó unos segundo en darse cuenta de que alguien le había devuelto la mirada, concretamente dos figuras, una femenina y una masculina: ella, pálida y de ojos grises, la observaba sin parpadear, completamente hierática; él, pelirrojo de pelo alborotado y ojos verdes amistosos, la observaba con la cabeza ligeramente ladeada y una media sonrisa en los labios. Al notar que al fin se había dado cuenta de su presencia, levantó la mano en señal de saludo.
—¿Necesitas ayuda, chica?
Abrió la boca para responderle, pero notó que le faltaba el aire y las palabras se le atragantaban. La cerró, apretó los labios y notó como le escocían los ojos, a la par que empezaba a desdibujarse la imagen delante de ella. Y a pesar de todos los síntomas de estrés y tristeza físicamente perceptibles, la embargó una sensación de alivio y plenitud como nunca antes.
Al fin alguien había roto el silencio de verdad. La habían visto. Volvía a ser alguien.

Escudo

To live is the rarest thing in the world. Most people exist, that is all.

― Oscar Wilde

Minirelato para el Escribitón de Thals
**************

Se situó detrás de su padre, con la espalda recta y las manos detrás de la espalda. Cabeza alzada, vista al frente y atento a su alrededor más que de lo que decían los ahí reunidos. Con los años, esperaba que muchos, él estaría sentado en la silla de su progenitor, y detrás de él estaría su hijo, probablemente pensando lo mismo que estaba pensando él en aquel entonces: que eso era una mierda y prefería estar tumbado en cualquiera de los parques de la ciudad, con el sol de verano dándole en la cara y una cerveza en la mano, estrenando su recién mayoría de edad.
Pero estaba ahí, cumpliendo con su deber de entonces y cumpliendo con un futuro que no había decidido él, sino el legado de su familia. Solo podría haber escapado si hubiese nacido unos años más tarde o teniendo tetas, y era algo que él no hubiese podido controlar ni queriendo. De hecho, en plena adolescencia, lo de los pechos no le parecía tan mala idea.
Se tragó el suspiro que casi escapó de entre sus labios y paseó la mirada perezosamente por la estancia. A pesar de tener mucho respeto a los ahí presentes, ser el más joven de ellos le hacía verles a todos como carcamales, viejas glorias que habían merecido estar ahí y habían tenido buenas intenciones al principio, incluso entonces, pero la edad les había llegado y no se habían dado cuenta. La mayoría debería haber pasado la batuta hacía años, pero ¿a quién? ¿Quién lo haría tan bien como ellos?
—Bienvenidos una vez más, mi querido Consejo. Estamos aquí reunidos porque el estado se encuentra en grave peligro.— “Como hace años”, pensó Gul, pero se abstuvo de decirlo en voz alta.— Espero contar con su sabiduría para poder seguir brindando paz a nuestros ciudadanos. Empecemos.
Se sentó sin más florituras. Empezaron los turnos de palabra. Siguieron las discusiones. Gul no pudo evitar removerse, incómodo después de dos horas de pie. Recibió una mirada de reproche de su padre. Procuró no volver a hacerlo, mientras el silencio iba consumiendo la estancia ante la imposibilidad de una buena solución.

***

Cuando al fin su padre le despidió con un ademán de cabeza, le dolían los pies, aunque no sabía si por las botas nuevas, al igual que todo su uniforme, o porque había estado muchas horas de pie. Mirando a un lado y a otro para comprobar que no había nadie, se desató los cordones, casi se arrancó los calcetines, y dejó a sus pies disfrutar de la suave brisa que recorría el pasillo abierto. Esa vez no se prohibió un suspiro de alivio.
Moviendo lentamente los dedos de los pies, observó como un pájaro se posaba en la fuente del patio, ajeno a todo.
Algo se revolvió dentro de él.
Antes de tener tiempo de reflexionar sobre esa sensación, escuchó un zumbido a apenas diez centímetros de donde estaba sentado y, sin apenas tener tiempo de girar la cabeza para investigar, una figura apareció a su lado, primero solo siendo un conjunto de rayos y chispas, para finalmente definirse en esa chica pelirroja que, para bien o para mal, ya conocía.
—Hey— le saludó, como si hubiese llegado dando un paseo y no se hubiese materializado de la nada.
—Tienes que dejar de hacer eso.
—¿Por qué? Es como un entrenamiento extra.
—La gente entrena en el gimnasio.
—Precisamente. Está demasiado lleno para hacer algo así.
—Existen normas.
—Y existimos los que las rompemos.— se señaló teatralmente a si misma.
—Regina.
Al fin le miró. En cualquier otra persona, esa mirada no hubiese significado nada, pero sabía que en ella era un desafío. Le miraba como quien reta a alguien esperando que le contradiga. A alguien un tanto idiota que no sabe ni por donde se mea. Gul frunció el ceño, molesto.
—Tengo razón.
—No he dicho nada.— la chica levantó las manos en señal de inocencia.
—Casi puedo escuchar lo que piensas.
—Eso suena un poco a paranoia.
—Tampoco se le dice eso a la gente.
—¿Más normas, esta vez de etiqueta?— Gul vió como una media sonrisa le asomaba a los labios, pero desapareció rápidamente.
Se pasó las manos por el pelo, negro y cada día más largo. Eso también era algo que no le gustaba a su padre, quien nunca había dejado que le creciera más de un dedo. Por alguna razón en la que prefería no entrar, Gul se había resistido hasta el momento a cumplir con los deseos de su padre y contárselo. No sabía cuando tiempo tardaría en ceder, pero, hasta entonces, disfrutaba de esa sensación sin nombre. Esa sensación que le hacía sentir bien. Vivo. Y todo por un estúpido corte de pelo.
—Si no tuviésemos normas, el mundo sería un caos.
—Tenemos normas y el mundo ya lo es un poco. ¿Has escuchado los rumores de guerra? Creía que venías de una reunión del Consejo, donde no se hace otra cosa de hablar de eso.— se apoyó un dedo en el mentón, pensativa.— Oh, de hecho yo acabo de volver de una misión a campo abierto, donde, aunque lo creas, no nos reunimos con quienes quieren reventarnos la ciudad para presentarnos y darles flores, sino para pararlos usando cualquier herramienta belicosa posible.
Gul tuvo ganas de cerrar los ojos, pero no lo hizo. Era su deber saber lo que pasaba detrás de las murallas de su ciudad, aún apacible y en paz. Sus habitantes sabían entre poco y nada de lo que estaba sucediendo en el mundo. No estaban en guerra, y el Consejo jamás se ensuciaría las manos, demasiado ocupados en su bonito discurso, pero lo cierto es que si aún podían vivir así era gracias a gente como Regina, extranjeros que habían perdido su hogar y se habían dirigido a la capital para prestar servicio con su vida y defender a los inocentes de los que habían terminado con su familia, o sus sueños, o sus esperanzas. Sospechaba que muchos no estaban ahí por una causa tan noble, sino una mucho más egoísta a la par que importante: venganza.
No sabía por qué lo hacía ella, pero sabía que no le mentía. Nunca lo hacía. Y en esos momentos casi podía oler el hedor a humo de su uniforme, tan parecido al suyo y tan distinto a la vez. Él nunca entraría en batalla, o no como lo hacía ella, en la primera línea de fuego. Él tenía algo mucho más importante que hacer, y a la vez algo que, mayormente, le sabía a nada.
—Sé lo que pasa en el mundo.
—Entonces déjate de normas.
—No puedo. Soy quien soy gracias a ellas.
—Creía que eras quien eras porque tu padre y tu madre…— no terminó la frase, pero acompañó el final con un gesto elocuente y absurdamente obsceno en sus manos.
—Está bien, no lo entiendes. Ni siquiera puedes beberte una cerveza legalmente.
—Pero puedo espachurrarle la cabeza a un engendro satánico. Y hacer que alguien me pida una cerveza. Vaya con tus normas, que especial eres.
—Ese es tu deber. El mío es otro.
—Parece que es meterte la cabeza en el culo y no sacarla ni para cagar.
—Gina—le advirtió, secamente.
—Qué. ¿Cuánto hace que no te escuchas cuando hablas? Porque si lo hicieses verías que pareces un autómata, una máquina que sabe por qué la han creado, pero no es capaz de sentir nada.
—No me conoces.— sabía que no era del todo cierto, y sabía que la voz le había temblado, pero no sabía si de rabia hacia ella o hacia él.
—Todo el mundo te conoce. El Hijo del Gran General, con un brillante futuro ante él, mucha responsabilidad, muy serio, muy capaz. Apenas a cumplido la veintena, pero lo tiene todo controlado, porque debe ser así, no como todos los demás mierdas, que se dejan literalmente el pellejo haciendo algo porque lo sienten y lo quieren así. Ellos no saben nada. Él sí. Porque debe.
Sus ojos se encontraron y se quedaron en silencio, él sin saber o querer afrontar esa conversación. Solo podía pensar en que tenía tres años más que ella, una familia, un cargo, una misión, un lugar al que llamar casa, pero se sentía enano y vació.
No tenía ni idea en lo que pensaba ella, y ciertamente temía saberlo.
—Gul —Regina rompió el silencio, al fin, sin dejar de mirarle.— Sácate el palo del culo y vive un poco. Te van a salir canas del esfuerzo que haces para no hacerlo.

Y sin despedirse, desapareció tal y como había venido, dejándole solo con lo que parecía enfado pero no era otra cosa que envidia de una persona que tal vez iba a morir mañana, pero habría vivido más que él en menos años.

El muro

Pride has built a wall, so strong
That I can’t get through
Is there really no chance
To start once again?

Still Loving YouScorpions

Minirelato para el Escribitón de Thals
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Cuando se marchó de ese maldito barrio no tenía planeado volver, pero debería haberse acostumbrado a que pocas cosas en la vida le habían salido como ella quería, así que no era tan raro que, apenas tres años después de haber puesto muchos kilómetros entre ella y la ciudad que la vio crecer, volviese a estar ahí, tan perdida como la primera vez que llegó, con nueve años y sin ser apenas capaz de comunicarse.
Alguien debería haberle explicado que los reencuentros son más dolorosos que los inicios de mierda. Alguien debería haberle explicado que la nostalgia duele más que el propio dolor. Pero nadie había tenido tiempo o ganas de explicarle nada, así que se encontraba en medio de la calle, con una mochila colgada en la espalda demasiado pequeña para toda su historia, y mirando sin apenas pestañear la casa en la que, durante años, se había sentido segura y querida. Estúpidamente querida. El pesar y la rabia habían logrado destruir muchos recuerdos buenos que había necesitado olvidar para poder seguir adelante, pero no eso. No esa maldita sensación de sentirse necesitada y aceptada a pesar de ser el desastre que era.
Tampoco había conseguido olvidar esos penetrantes ojos negros que la miraban desde el otro lado de la calle, justo delante de su casa santuario, como siempre había sido. La observaban con la misma intensidad con la que le debería estar mirando ella. Casi la misma intensidad que cuando eran apenas adolescentes y creían que aún podían controlar algo del mundo, contándose futuros planes bajo la atenta mirada de esas cuatro paredes mal pintadas que, a fin de cuentas, era la casa en la que pasó la mejor época de su vida.
Él fue el primero en moverse. Con su pelo casi rapada al cero, sus más que notorios tatuajes, el ceño fruncido y los labios carnosos apretada en un rictus poco amistoso, era la viva imagen del matón de barrio, ese individuo del que todos los padres te dicen que tienes que alejarte. Todos menos los de ella, así que observó sin pestañear como se acercaba, sin moverse ni un milímetro.
Se plantó a escasos centímetros de ella y se cruzó de brazos, no sin antes beber de la lata de cerveza que ni siquiera había visto, centrada en su batalla de miradas.

—Gemma.— él inclinó ligeramente la cabeza.
—Oscar.— ella estiró notoriamente el cuello.
—Cuánto tiempo.
—Y más que debería haber pasado.

Ante eso, Oscar se rió por lo bajo, esbozando una sonrisa de medio lado y apartando la mirada.
Y ahí estaba de nuevo, esa sensación que siempre acompañaba sus encuentros con Oscar, incluso los más desagradables. Solo le hacía falta mostrar uno de sus gestos cotidianos (la media sonrisa, apretarse el labio inferior pensativamente, rascarse el codo cuando estaba nervioso, apretar los dientes cuando sabía que iba a decir algo que le iba a meter en problemas) para que una ola de cotidianidad y tranquilidad intentase nublarle los sentidos. No era tan fácil olvidar a su mejor amigo.

Alguien debería haberle explicado que resistirse a lo que necesitabas, por malo que fuera, era peor que sufrir las consecuencias por ceder. Pero no, nadie se había preocupado con eso, tampoco.

Involuntariamente recordó cómo se conocieron y todo lo que eran:
Él era un chico curioso y ella una chica que no le temía a nada.
Ella escuchaba rock y él rap y salsa a escondidas.
Él quería escapar de su futuro y ella contaba los días para llegar a él.
Ella se habría paso en la vida a puñetazos y él a base de conocerla, estudiarla y entenderla.
Él aún creía en los sueños y ella los había enterrado.
Ella valoraba la opinión de sus seres queridos y él creía que sabía más que nadie.
Él la había traicionado y ella le había expulsado de su vida.
Gemma y Oscar no estaban hechos el uno para el otro, pero de alguna manera lograron juntarse y hacer una muesca tan grande en sus respectivas vidas que no habían conseguido borrarla ni los muchos años sin relacionarse, por mucho que Gemma le evitase con todo su ser y por mucho que Oscar dijese que había sido algo de críos idiotas.
Hacía años que no se veían. Sus vidas habían cambiado mucho desde la primera vez en la que sus miradas se cruzaron, o la primera vez en la que sus dedos se rozaron por accidente. No había ningún motivo por el cual seguir arrastrando los pedazos de una relación que no pudo ser.
Pero ahí estaban.
De nuevo.

Alguien debería haberle explicado que el orgullo es algo inmensamente satisfactorio, pero el precio a pagar es más grande que el beneficio obtenido. Pero, de nuevo, alguien lo había omitido.

Oscar volvió a romper el tenso silencio, aunque no por ello incómodo.

—Podemos volver a empezar.
—No.
—No era una pregunta.
—Lo mío sí era una negativa.
—¿Qué quieres que haga? ¿Qué quieres que diga?— extendió los brazos, visiblemente exasperado.— Ya no somos críos, Mint. Podemos pasar página y solucionarlo.

Quería que le dijese que lo sentía. Quería que le dijese que la había echado de menos, que era un idiota y que ella tenía razón. Y a la vez quería que no dijese nada de eso, porque se había acostumbrado a mirar hacia delante y escuchar aquello significaría tener que echar la vista atrás y tal vez no sería capaz de volver a empezar.

—El problema es que necesitas que te lo diga yo porque ni siquiera sabes lo que hiciste mal.
—Es mi vida, y yo decido lo que es mejor.
—Eres un puto egoísta.

Entonces fue ella quien apartó la vista. Suspiró, asqueada, y le miró sin ocultar el dolor y la rabia que sentía desde el momento en que vio a Oscar entrando en un coche de policía por haber juzgado tremendamente adecuado liarse a puñetazos con un tío con pistola, solo porque se lo habían pedido. Alguien que no era Gemma. Alguien a quien había decidido hacer más caso que ella a pesar de haberle pedido por favor que no hiciera locuras. A pesar de que nadie le quería más que ella.

—La gente normal no se pone en peligro pudiendo evitarlo. La gente normal intenta evitar hacerse daño, ya sea por ellos o por el dolor que puede causar con sus actos a la gente que le quiere.- tomó aire.—Eso no es lo que hacen los amigos.
—Tu y yo no éramos amigos.
—No, desde luego que no.- se rió sin ganas y con una pequeña punzada en el corazón que odió con todas sus fuerzas.
—No “solo” amigos.

Notó como le ardían las mejillas y le escocían los ojos de pura rabia. Quería gritarle que ojalá no hubiese sido así, pero no era capaz de borrar lo único bueno que había tenido.
Se frotó los ojos para pensar con claridad.

—No puedo pedirte perdón por algo que no siento. Puedo, pero no quiero. Y tu tampoco deberías querer.
—Tu deberías entrar en razón y escucharme. Yo tenía razón. Mírate. ¿Dónde coño han quedado tus sueños?— vio como su amigo negaba lentamente con la cabeza.
—Simplemente han cambiado.
—Sí, a hostias.
—Da igual, han cambiado. He cambiado. Y tu deberías hacer lo mismo. Simplemente… Hablemos. Hagamos una tregua, aunque sea durante treinta segundos. Finjamos un nuevo inicio.—susurró Oscar. Gemma no añadió nada.—Oscar.— se llevó una mano al pecho y le ofreció la lata.
—Gemma.— aceptó la oferta y le dio el trago más largo en su relativamente extensa vida como bebedora de cerveza.
Después, pasado el medio minuto, la tiró lo más lejos como pudo.

Infinitos

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Minirelato para el Escribitón de Thals
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Morgan nunca había tenido una gran familia; ni grande ni buena. A decir verdad no sabía si se podía considerar família un conjunto de tres personas: una madre distante y fría, con pocas ganas de tratar con la gente en general y con su hija en particular, que amaba a su marido pero lo demostraba en los momentos de la más absoluta intimidad, en los que su Morgan no estaba invitada; un padre que intentaba lograr un mundo mejor y no tenía tiempo de hacer ni de padre ni de esposo, aunque eso último parecía no importarle a nadie, ni siquiera a su propia mujer; y ella, un fenómeno de la naturaleza con muchas ganas de vivir y muy pocas herramientas para hacerlo.
Eso era su familia.
Pero Morgan sabía que era mentira que solo existiese una. Ella sabía que podías tener tantas cuantas pudieses crear. Lo sabía por experiencia.
Le había costado años entablar conversación con alguien, ya que no es fácil socializar a la vez que intentas evitar que todos los pensamientos de esa persona se cuelen entre los tuyos y en dos segundos sepas más de ella que ella misma. Le costó tanto que, cuando lo logró, necesitaba algo tangible para recordar todas las excursiones, todas las charlas importantes (y las que no, también), todos los todos. Tenía un álbum entero dedicado a ello. Su tesoro más preciado se encontraba entre esas páginas, una foto de ella misma y sus 3 mejores amigos. Su otra familia de tres en su primera excursión en solitario por un bosque tranquilo que resultó ser más movido de lo esperado.
Morgan, a un lado, con la chaqueta vaquera que habían encontrado tirada al lado del camino principal, apenas diez minutos de empezar la aventura.
Ellie, junto a ella, con su pelo cortado casi al rape, su piel morena, su constitución fornida y sus entonces fieles e inseparables gafas de topo. Gafas que había partido al caerse de morros tras apartar una branca para que no le diese en la cara y olvidar que en el suelo también existían peligros, como las raíces de los árboles. Se había pasado lo que quedaba de camino, que no era poco, con el brazo alrededor de los hombros de Morgan para poder avanzar a buen ritmo.
Sam, el tímido del grupo, el chico dalmata andrógino y con poca confianza, que se veía arrastrado allá donde iban ellos sin saber muy bien cómo. No estaba previsto que fuese al gran esdevenimiento del bosque, pero por cosas del destino se lo encontraron en el autobús sin blanca para pagar el billete para ir a visitar a su abuela, y se lo habían pagado con la condición de que los acompañase. Ya tendría tiempo para ver a la mujer de su vida. Poco sabía él que terminaría volviendo a la ciudad pasadas las 12, con los zapatos extraviados por una causa mayor (Morgan se los lanzó de improviso y sin querer al asustarse cuando vió una telaraña repleta de mosquitos muertos y una araña enorme en pleno festín), pero con la sonrisa más grande que jamás había mostrado con ellos y con cuello ronco de tanto hablar y gritar.
James, a la derecha del plano, el cabecilla, el que les unía a todos y el que se olvidaba de su importancia y poder por el bien de la diversión. El que había decidido tomar una foto de ese momento porque sabía que Morgan quería y sus inexistentes pero futuros nietos querrían ver. El que salía medio encorvado porque se estaba apartando el pitillo de la boca para poder usar su inhumana voz y crear un eco que jamás se había escuchado en esos páramos.
Y el bosque al final del día, sin ninguna relación con ellos pero no por ello menos importante. Fue testigo de su unión, de sus desgracias pasajeras y compañero de su primera y mayor aventura a los catorce años.
Era su familia más querida, una que se había creado,destruido, reconstruido y expandido. La familia que no aparecería nunca en un libro oficial, pero la que la tomaría de la mano para ayudarla a sobrellevar la vida que le esperaba.
Lo sabía.
Lo creía a pies juntillas.
Era su familia, y aunque solo fuese en ese instante, aunque solo lo supiese ella, eran infinitos.

—Morgan.
—James.
—Vuelves a poner esa cara de vieja enajenada.
—No es verdad.
—Oh sí, la pones cada vez que miras esa foto. Si no fuese una foto de nosotros, creería que tienes uns trastorno sexual muy gordo.
—¿¡Qué dices!?
—Pezqueñines no, gracias. Recuérdalo.— James se golpeó la sien izquierda con la punta del dedo.
—Eres un tarado.
—No puedo leer las mentes como tú, mi pensamiento es libre e inexacto.

Mogan bufó. Qué lejos parecía aquello, y más en aquellos momentos, en pleno invierno, encerrados en su habitación, demasiado pequeña para contener a 4 adolescentes que empezaban a creerse adultos.
Levantó la cabeza para mirar a James, sentado en el suelo delante de ella, mientras le daba golpecitos con los pies gracias a sus largas piernas, que le catapultaban a los casi dos metros. Dedicándole la mejor de sus sonrisas, acompañado de un gesto obsceno, buscó apoyo en Ellie, absorta leyendo una de las revistas que estaban tiradas en el escritorio.

—Sam, dile algo.— rogó, perdiendo toda esperanza en su amiga y centrándose en el más centrado del grupo.
—James.— empezó.— No manzilles un recuerdo bonito.
—Ha sido ella y su cara de… de….—hizo un par de aspavientos con las manos como toda explicación.
—A veces el problema no está en lo que se ve, sino en el que lo mira.
—Dios mío.— James y Morgan se llevaron la mano al corazón a la vez, con los ojos abiertos fingiendo emoción y sorpresa.— Probablemente ha sido la cosa más profunda que han escuchado estas paredes.— añadió ella.

Sam se encogió de hombros, tirado en la cama con la consola en la barriga, momentáneamente olvidada. Se rascó la mejilla y carraspeó.

—O sí. Puede ser que el problema lo tenga Morgan. Nunca le acerques a tus inexistentes nietos.
—Pero qué coño.— Morgan gruñó. James sonrió de lado mientras levantaba los pulgares a Sam en señal de aprobación.— Idiota. Idiotas. Los dos.
—Los tres.— interrumpió Sam desde su trono, sin apartar la vista de su lectura.

Sí. Era infinitos.
Infinitamente imbéciles.
Pero sus imbéciles.

El diario

Minirelato para el Escribitón de Thals

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La noche la encontró apoyada en su vieja mesa de madera, todo una reliquia para aquellos tiempos. Sentada en un sillón de piel, otra de las reliquias de su ajado apartamento, se estiró para masajearse torpemente la espalda, crujiendo en todo el proceso y no logrando gran alivio. Era el precio a pagar por el paso de los años, precio que estaba completamente dispuesta a apoquinar. Acostumbrada a ver morir gente más joven que vieja, cualquier triunfo al Hombre De La Guadaña era motivo de alegría. Qué importaba un dolor por aquí y una vista cada vez más nublada: podía caminar, comprar, cuidarse sola y leer (siempre y cuando estuviese debajo de un foco potente).

Suspirando, cogió sus gafas para leer, otra reliquia más vieja que cualquier objeto de su casa y probablemente de todo el barrio, y acarició el libro que tenía delante con la yema de los dedos. Ese, a su pesar, no era nada valioso, al igual que otros centenares de libros que habían sido destruidos una vez hicieron la copia electrónica de ellos. El papel y la tinta eran algo considerado extremadamente caduco y común, así que a nadie le había parecido mal la desaparición masiva de tales artículos. O eso había quedado escrito por las grandes autoridades de hacía más de quinientos años.

Lo cierto es que ese libro no era nada especial. De hecho no era tan siquiera un libro publicado, era solo un diario de hacía mucho tiempo, a juzgar por el estado de deterioro y por lo que se contaba en él: ciudades libres, viajes entre continentes, excursiones a la playa, rascacielos que apenas llegaban a la altura de las nubes, y un sinfín de cotidianidades más impensables para ella, nacida en la época de La Paz y La Torre. La época de los materiales fríos y las luces de neón como substituto del sol. La era donde criaturas de todo tipo habían decidido salir de sus agujeros oscuros y presentarse tal y como eran: licántropos, vampiros, sirenas, y todo lo que se había podido imaginar el hombre hasta entonces. Por no hablar de La Plaga.
Se frotó distraídamente los ojos por debajo de las gafas. No creía tener fuerzas para pensar en eso. No quería pensar en toda esa gente que dejaba de ser sin dejar de existir. Toda esa gente usada para…
Un golpe seco en la puerta la sacó de sus pensamientos. SIn poder evitar un gemido al levantarse torpemente (pero un gemido significaba viva. ¡BIenvenidos fueran!), se encaminó arrastrando los pies hasta la puerta, que se había vuelto completamente transparente para ella y le mostraba quién estaba detrás de ella.
No les conocía de nada, pero desde luego no parecían de esa zona. Eran un chico y una chica limpios, jóvenes y con la mirada clara. El chico se apoyaba en un pie y luego en otro, mostrando el típico nerviosismo de alguien que no sabe qué hacer con la energía que tiene acomulada en el cuerpo. Sus ojos verdes iban de la puerta a su compañera, a la par que se amasaba los cortos cabellos pelirrojos en un tic nervioso. En contraposición, la chica era todo estoicismo. Su melena negra enmarcaba una cara pálida de ojos grises que no se había movido un milímetro desde que había aparecido en su campo de visión. Sus ojos, perezosos, echaron un vistazo al lío capital que se estaba haciendo su compañero, para volver a mirar a la puerta sin ningún comentario al respecto.
Eran una pareja curiosa. Y no había nada que le gustase más que las cosas curiosas.
Apretó un botón para abrir la puerta y les sonrió.

—Pasad, pasad.— les animó, moviendo vigorosamente la mano.

El chico tardó un poco en reaccionar, y cuando lo hizo le regaló una sonrisa tímida y de agradecimiento por su hospitalidad. Todo lo contrario que la chica, que apenas le miró y entró sin más ceremonias, como si todo aquello le pareciera normal, sin mostrar sorpresa ante ninguno de sus raros y preciados muebles.

—Y, decidme, ¿qué queríais?- inquirió, moviéndose lentamente por la habitación. El muchacho, solícito, alargó el brazo en señal de ofrecimiento, el cual aceptó encantada.
—Nos han dicho que tal vez tenga algo que nos interese.
—Tengo muchas cosas.- rió por lo bajo.— ¿Algo? ¿Algo como qué?

Con la ayuda del chico llegó al sofá, un tanto polvoriento, que estaba en la pared más alejada de la puerta. Se dejó caer sin gracia, e inclinó la cabeza en señal de agradecimiento al joven. Inconscientemente sus ojos buscaron a la silenciosa muchacha, que lejos de mostrarse más cordial una vez dentro de la casa, se había alejado para explorar la estancia, deteniéndose delante de la mesa, mirando sin apenas pestañear el diario olvidado abierto por una página al azar.
Hojeó el cuaderno, aparentemente distraída, sin pedir permiso. Y, con la misma desfachatez, se sentó con parsimonia en el sillón. Su sillón de piel. Su más querida posesión.
La vieja carraspeó forzosamente, sobresaltando al chico, que parecía haberle estado diciendo algo.

—¿Has visto algo de tu interés, muchacha?

La respuesta se hizo esperar más de lo que le hubiese gustado, más de lo éticamente correcto. Empezaba a ponerse visiblemente de mal humor cuando la chica se giró y la miró con esos ojos sin vida.

—¿Qué hace leyendo mi diario?

Y, por primera vez en años, se le humedecieron los ojos de pura ilusión.